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sábado, 29 de noviembre de 2014

Epílogo.

Entrené a cinco rosados. Les entrené por meses y les vi evolucionar de una forma notable. Les vi crecer como rosados. Vi sus poderes desarrollándose, vi como les controlaban. Y pensé que iban a salir de la OMER. Pero me equivoqué. No volvieron cinco. No volvieron juntos como pensé.

Los chicos nunca me dijeron como Zayn murió. Nunca respondieron a mis preguntas. A Louis a veces le oigo en medio de la noche susurrando su nombre, agitado, nervioso, sudado. Y luego se despierta con la respiración intranquila, axfisiandose. Pero cuando le acaricio el pecho parece relajarse. Quizá murió de una forma dura. Una tortura. O quizá fue apuñalado por la espalda. A pesar de todo, nunca más pregunté sobre ese tema. Una parte de mí no quería saberlo. Quería mantener en mi memoria los recuerdos que pasé junto al que llegué a considerar mi hermano.

Los chicos y yo fuimos al funeral cuando la OMER devolvió a la familia Malik sus restos. La familia estaba rota. La madre se apoyaba en el hombro de su marido con una mirada triste, desconsolada mientras que sus hermanas se agarraban de las manos.

Cuando el funeral acabó y se dio paso a que el ataúd en que el Zayn descansaba fuese introducido bajo tierra me agarré al brazo de Louis y luché por no llorar. Pero, tras unos segundos, una muchacha, de piel morena y pelo oscuro se me acercó.
-¿Eres Lucy Smith?- preguntó-. Soy Waliyha. Hablamos una vez por teléfono.

En un impulso la abracé y ella me correspondió y ambas empezamos a llorar sin consuelo.

Zayn me dijo varias veces que éramos muy parecidas. Y tenía razón.

Cuando terminó el verano me fui a la casa de la cala donde pude ver Zac seguía entrenando su superfuerza. Le expliqué las nuevas noticias.
-Así que has tenido un ochenta por cuento de eficacia...- dijo.
-Sí. Así que si quieres puedo entrenarte.

Y le entrené, le entrené durante los fines de semana, cuando tenía tiempo, prometiéndole que en un par de años el entrenamiento sería más duro. Pero no solo entrené a Zac. Vinieron más. Una chica llamada Raven, una chica llamada Hana, un muchacho escocés llamado Bob... Y cerca de una decena más de chicos.

Al final del verano me matriculé en una universidad cercana al pueblo y estudié la carrera de Publicidad. En mi misma facultad estaba Liam para ser profesor de Educación Física, y en la universidad de la capital estaba Niall estudiando Psicología. Harry consiguió un trabajo en un zoológico para alimentar y cuidar de los animales del ártico ya que él era el único de estar en sus hábitats durante horas. Louis consiguió un puesto en el cuerpo de bomberos del pueblo.

Todos sus trabajos están relacionados con sus poderes.

Las chicas se graduaron en sus respectivas carreras y viven en el pueblo en el que todas crecimos y siempre quedamos todos los sábados para hablar de nuestras cosas y recordar viejos tiempos.
Mi hermana Samantha y Jimmy se casaron sin ningún problema y ahora tienen tres hijas preciosas.

Sam no recuerda nada de los rosados a pesar de que Jimmy podía volver a elegirla para compartir su secreto pero prefirió no decir nada. Prefería elegir a otra persona que se enterase del secreto por descuido y salvarla la vida.
Tras unos años de haberme graduado me quedé embarazada de Louis y, cuando el niño nació, corrí a la sala nido para ver si mi hijo tenía sangre rosa y para hacerme a la idea de que, en unos años, él fuese a la OMER como hizo su padre.

Hice lo mismo hace un par de meses con mi otra hija. 

Sus sangres eran rojas. 

Me despierto con un maullido de gato y me incorporo en el sofá. Busco al gato que tenemos como mascota y lo veo en brazos de Zayn que está vestido con un albornoz blanco de su padre y con una cinta de pelo mía en la que ha pegado con celo un trozo de papel en forma de círculo para imitar el material médico. En el cuello puedo ver como hay unos auriculares con una ventosa pegada a la parte del enganche.

Sonrío al ver que no deja saltar al gato de sus pequeños brazos mientras mira con curiosidad la entrada de la habitación de su hermana pequeña, como si algo le llamase la atención. Luego gira la cabeza y me mira.
-¡Mamá, mamá! - dice- ¡Bigotitos no se deja examinar! 

El niño se acerca con el felino y me lo pone en el regazo.
-Es que tiene miedo a los veterinarios- susurro.
-¡Pero si solo estoy jugando!
-Pero lo haces tan bien que se cree que eres un veterinario de verdad.

Zayn, de cinco años, que tiene el mismo tono de piel que yo, el color miel de ojos de mi padre y el mismo color de pelo que Louis, se ríe pero se lleva las manos a la boca para evitar que de su boca saliera una carcajada. Antes era un niño ruidoso pero cuando llegó el bebé hace tres meses, su padre y yo le explicamos que mientras su hermanita estuviese durmiendo debía hablar bajito para no despertarla. 

Miro el reloj. Son las diez de la noche.
-¡Dios, Zayn! ¿Tienes hambre?- pregunto mientras quito a Bigotitos, el gato blanco con manchas de color canela, de mis rodillas.
-No. Papá ya me ha dado de cenar.
-¿Ha llegado ya?
-Sí. Lleva aquí un rato. ¿No te has enterado? Te ha dado un besito de amor verdadero. 

Sonrío por la frase que usa el niño para explicar que Louis, cuando ha llegado a casa, me ha dado un suave beso sobre los labios.
-¿Dónde está ahora?
-En el cuarto de Aina.
-Pues a la cama. Ya es muy tarde. 
-¿Hoy no me lees Harry Potter?
-Es muy tarde...
-¡Pero...!

De pronto viene un llanto corto del cuarto de Aina. Louis tiene en brazos a la niña que ha dejado de llorar porque tiene en la boca la tetina de un chupete rosa. 
-Ya tiene hambre- dice él con una sonrisa. 
-Voy a preparar el biberón- susurro mientras me levanto del sofá. 

Entro en la cocina y, tras dos minutos, salgo con el biberón correspondiente para mi hija. Zayn está sentado en el sofá -con su pijama de Superman- y sujeta a Aina entre sus cortos brazos. Louis está sentado de cuclillas frente a la parte del sofá que ocupan y mirando la escena de sus dos hijos con una gran sonrisa.
-¿Quieres darle tú el biberón?- pregunto a Zayn que asiente con una ligera sonrisa antes de coger el biberón-. Con cuidado, cariño.

Zayn posa la tetina sobre los labios del bebé que abre su boca y empieza a chupar como si no hubiese comido en todo el día. 

Louis parece fascinado cuando Zayn retira el recipiente vacío, orgulloso de su hermana.
-A la cama- susurro-. Ahora voy a darte las buenas noches, Zayn.

Louis coge al bebé y se sienta en el mismo sitio que el niño a dejado libre. Mira a Aina con una sonrisa paternal, con dulzura y cariño mientras frota suavemente con uno de sus dedos el puente de la nariz de la niña para hacerla dormir, como cuando me acariciaba a mí por las noches cuando estábamos en la misma cama antes de que fuese a la OMER.
-Tiene tus ojos- susurro antes de besarle en la mejilla.

Él me mira con una sonrisa y, cuando el bebé se ha dormido, la lleva a la cuna mientras que voy a ver a Zayn que me espera con la luz de la lámpara encendida y metido en la cama. Le arropo mejor con el edredón y le miro con una sonrisa.
-¿Sabes que te quiero mucho?- pregunto.
-Siempre me lo dices, mamá.
-¿Y sabes que siempre vas a poder contar conmigo?
-¿Hasta más de cien?

Una ligera carcajada sale de mi boca y subo la sábana hasta el cuello de Zayn.
-Hasta más de diez mil si hace falta- le doy un beso en la mejilla y voy a la puerta para salir-. Buenas noches.

Dos minutos estoy en la cocina preparando la cena para Louis y para mí. 

Sonrío al ver el anillo de bodas en mi dedo anular izquierdo. Llevo casada con Louis desde hace seis años y han sido los mejores.
-Seguro que cuando pensaste en tu futuro no creías que ibas a cocinar- oigo decir a Louis justo detrás de mí.
-Pensé que el millonario tendría sirvientas.
-Siento no ser millonario.
-No te preocupes. Era o un millonario o un bombero sexy.
-Me consuela mucho eso, Bombón- susurra antes de acercarse más a mi espalda y abrazarme-. Estabas preciosa cuando dormías.
-Debiste haberme despertado.
-A la hora de la comida estabas agotada.
-Gracias por darle la cena a Zayn.
-De nada.

Sonrío de nuevo cuando noto que me empieza a besar el cuello.
-¿Qué tal tu día?- pregunto mientras remuevo con un tenedor la comida de la sartén.
-Como siempre. Jugando a las cartas.
-Estamos en un pueblo muy tranquilo. Casi nadie os necesita. 
-¿Tu día?
-Me han llamado de la oficina. En dos semanas vuelvo a trabajar. Hay que buscar una guardería para Aina y una buena canguro para por las tardes.
-Se te acaban las vacaciones.
-Este momento tenía que llegar.

Louis no deja de besarme en el cuello y eso produce unas ligeras descargas eléctricas por todo mi cuerpo.
-No puedo dormir- dice Zayn entrando en la cocina.

Su padre se aparta de mí y ambos le miramos.
-¿Por?- pregunta Louis.
-Los monstruos.
-Ya hemos hablado de eso, cielo- digo suavemente-. No hay monstruos debajo de tu cama.
-¿Has mirado esta noche?

Miro a Louis.
-Voy a ver- susurra.

Zayn sonría y se sienta en el sofá mientras que llevo la cena a la mesa del salón.
-Mamá, ¿crees que Bigotitos tendrá alguna vez hijos? 
-No lo sé. A lo mejor tiene novia y tiene cachorritos alguna vez.
-¿Y yo voy a tener más hermanos?
-No lo sé- respondo colocando los platos-. ¿Quieres?
-Sí. Pero quiero que sea chico. Aina nunca jugará conmigo a los coches y al fútbol.
-Enano, tu cuarto está libre de monstruos- dice Louis acercándose al sofá. 
-Papá, ¿vais a tener más hijos?
-No lo sé, Zayn. A la cama.
-¿Por qué no lo sabes? 
-Se verá con el tiempo. A la cama.
-¿Y cómo vienen los bebés?
-Los trae la cigüeña- responde Louis con naturalidad mientras coge a Zayn en brazos y empieza a hacerle cosquillas-. A la cama.
-¡Para, papá!- dice el niño poniéndose rojo por la risa-. ¡Para! 

Les miro riéndome por lo bajo a Louis y a mi hijo que desaparecen tras la puerta.

Cuando mi marido aparece después de acostar de nuevo a Zayn se sienta junto a mí en el sofá.

-Te quiero- susurra antes de darme un beso cuando nos acostamos en la cama.
-Yo también te quiero.

Apago las luces y luego nos miramos detenidamente antes de que Louis pase un brazo por mi nuca y otro por mis costillas para que sus manos se enlacen en mi espalda, como hacía cuando éramos unos adolescentes y me traspasaba sus poderes.



Cuando veo que tiene los ojos cerrados le doy -como dice Zayn- un beso de amor verdadero al que Louis me responde con una sonrisa.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Todo empezó aquí.

15 de enero del 2012.

Instituto.

Veo como Zayn mete sus cosas en la taquilla que le han asignado. Es una taquilla de metal, en la sala este del instituto, justo en la otra punta de nuestra clase.

Conocía a Zayn el día hace tres días, cuando llegué a la casa de la cala.

Llegaba yo con mi bolsa a modo de equipaje y él estaba en la cocina, comiéndose una lata de guisantes que debía de haber comprado anteriormente en una de las tiendas del pueblo. Al principio me miró alertado y dejó caer la cuchara que estaba sujetando en el aire con la telekinesis. Sin abrir la boca le demostré que yo también era rosado, traspasando con la mano la pared. Entonces sonrió y se presentó.
-Vamos, Louis- dice cuando ha cerrado su taquilla y se cuelga su mochila al hombro.

Al principio nos costó entablar conversación. Solo nos conocíamos de diez minutos pero cuando me vio rebuscar en los armarios para conseguir algo de comida me pasó la lata de guisantes y y otra cuchara.

Al día siguiente fuimos juntos al pueblo buscando señales de Charlie Smith, el rosado que nos iba a entrenar.

Charlie debió de llamar a mi casa cuando tenía algo menos de un año y medio de vida. Mi madre siempre me contó como fue. Era una noche de marzo en la que estábamos cenando cuando el teléfono de casa sonó. Mi madre oyó una voz grave al otro lado de la línea -siempre supuso que la llamada se había hecho desde una cabina- que le dijo lo siguiente:

"Soy Charlie Smith, de Newport. Soy un rosado que entrena a otros para que tengan más posibilidades de salir de la OMER. Me han dicho que su hijo Louis es rosado. Que esté el día doce de enero del 2012 en Newport."

A mis padres les costó tomar la decisión. ¿Quién era Charlie Smith? ¿Había dicho la verdad? ¿O sólo quería dar ilusiones? Pero mis padres no se arriesgaron. El día acordado estaría allí.

Y cuando Zayn me dijo que también había recibido la mima llamada unos días después de nacer decidimos ir a buscar a Charlie Smith.

Fue difícil. No sabíamos nada de él a parte de que era rosado y de que nos iba a entrenar pero no podíamos decir ni lo primero ni lo segundo. Sería peligroso. Fuimos al ayuntamiento del pueblo, fuimos al instituto, fuimos a algunos bares por si acaso los frecuentaba. Pero nadie sabía quien era. O conocía a varios.

Pero, cuando ayer, cuando fuimos a la consulta del doctor Mason -el que se presentó como nuestro médico en nuestra estancia en Newport- y nos dijo que era médico especializado en los rosados le preguntamos.
-Murió.

Zayn y yo no fuimos a clase, solo volvimos a la casa de la cala para recoger nuestras cosas y volver a nuestras casas pero, cuando estábamos a punto de salir por la puerta dijimos que nos quedaríamos allí. No perdíamos nada en intentar entrenar los dos juntos.
-¿Y qué diremos a nuestras familias?
-Les diremos que Charlie nos entrena. 

No fue muy difícil que se lo creyeran ya que Charlie dijo en su llamada que no volvería a llamar, no volverían a hablar con nuestras familias, que no se conocerían.

En realidad fue demasiado fácil.

Zayn llama a la puerta de la clase en la que vamos a estar hasta final de curso y luego la abre.
-Llegáis tarde- dice el profesor. Luego pone una mueca en la boca-. ¿Quiénes sois?

Zayn y yo nos miramos y luego responde.
-Somos nuevos.
-Debéis de ser Zayn Malik y Louis Tomlinson.
-Ajá- responde Zayn.
-Tendríais que haber estado aquí desde hace días. Las vacaciones de Navidad terminaron hace una semana.
-Lo sentimos.

Zayn y yo caminamos por la clase hasta llegar al final, a unas mesas dobles no ocupadas.

Antes de que pueda sacar todas mis cosas de mi mochila, alguien llama a la puerta.
-Adelante- dice el profesor mientras pone en la pizarra unas cuentas.

La puerta se abre y entra una chica, de pelo castaño y ondulado con prisas.
-Lucy, llegas tarde.

La chica camina hasta una mesa en la que una compañera -supongo que una amiga suya- aparta sus cosas para dejarle sitio.

Va vestida con unos pantalones vaqueros y con una sudadera gris de Oxford junto a unas botas marrones que la cubren hasta los gemelos.

Su compañera le dice algo y entonces se gira para mirarnos. Sus ojos marrones alcanzan los míos pero los aparta rápidamente y abre un cuaderno para copiar las cuentas.

Yo sonrío y Zayn me mira.
-¿Qué piensas?- pregunta.
-Esa chica...
-A mí me recuerda a una de mis hermanas. Tienen el mismo pelo.
-¿Crees que...?
-¿Qué?

La sigo observando con cuatela pero contesto a Zayn.
-Nada.
-¿Estás seguro?
-Es guapa.

Zayn bufa y luego se pone a dibujar en uno de sus cuadernos.

Lucy a pedido a una de sus amigas un espejo y noto sus ojos en mí a partir del cristal mientras que se pone algo de vaselina en los labios.

Me gusta.

martes, 18 de noviembre de 2014

Charlie y Gwen.

Octubre de 1986

-¿Te gusta?- pregunta el chico con una gran sonrisa en la cara mientras extiende los brazos en medio de la casa.

Gwen observa a su alrededor con una gran cara de sorpresa. La casa ha cambiado mucho desde que empezaron a entrenar ahí hace cerca de un año. Antes la madera del suelo estaba podrida -seguramente por la humedad- y las paredes tenian humedades. Ahora la casa tenía madera nueva que no crujía bajo los pies y pintura de color crema en las paredes haciendo que el lugar sea agradable.
-Charlie, es asombroso.
-¿A que sí?

El muchacho, que por aquel entonces tiene veinte años frente a los dieciocho de la mujer, sonríe con felicidad. Ha trabajado durante varios meses en la renovación de la casa. Justo desde que volvió de la OMER.
-¿Cómo lo has conseguido en tan poco tiempo? Hace semanas vine aquí y todo estaba hecho un desastre.
-Ha sido difícil. Los antiguos dueños lo dejaron hecho un asco pero ahora parece un lugar decente.
-¿Un lugar decente?- pregunta Gwen- ¡Podría vivir aquí sin ningún problema!
-¿De verdad?
-Por supuesto.

Charlie sonríe y la abraza con cariño.
-Creo que voy a entrenar a rosados.
-¿Qué?- gritó la chica.
-Quiero dar esperanza a los rosados. Quiero decirles cómo superar la OMER. Quiero decirles cómo salir de ahí. 
-Pero, Charlie, me dijiste que eso estaba prohibido. 
-Y lo está. Ya has visto lo peligroso que es. 

Gwen suspira antes de pasarse una mano por el pelo. Su prometido puede llegar a tener unas ideas de bombero. 
-¿Y cómo lo vas a hacer para conseguir rosados a los que entrenar? 
-Tengo un amigo médico al que le han especialozado en rosados. Él me irá diciendo los bebés rosados que encuentre. 
-¿Y luego? 
-Conseguiré los teléfonos de las familias y les diré que cuando tengan dieciocho vengan aquí.

Charlie sonríe ante la cara de procupación de su novia. 
-No será tan difícil. Ya verás. 
-¿Y si te pasa algo? 
-Tendré cuidado.
-Pero... 
-Tranquila, cariño- susurra él antes de pasar una mano por el estómago de Gwen-. No os pasará nada a ti ni al bebé. 

Gwen sonríe y le da un beso en los labios.
-Prométemelo. 
-Te lo prometo. ¿Has pensado ya un nombre para el bebé? 

Gwen posa su mano en su vientre y lo acaricio como si fuera oro en paño antes de sentarse sobre la arena de la cala. 
-Si es chico quiero que se llame Chalie, como tú.
-¿Y si es chica? 
-Samantha. 
-¿Samantha? 
-Sí. Me gusta mucho el nombre. 
-A mí también. Tienes buen gusto en todo.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

78.

Camino por las calles del pueblo con rapidez. Me encuentro con grupos de personas que se ven obligados a dejarme paso porque como no lo hagan tienen muchas posibilidades de que les tire.

La feria se ha convertido a un lugar agobiante con esa gran cantidad de luces y de sonidos. Las melodías de las atracciones me producen un inmenso nerviosismo que me hace ir más rápido, sin tener en cuenta los niños que corren a mi alrededor en busca de un poco de algodón dulce o de un cucurucho de patatas fritas que sus padres les van a comprar. Algunos de esos padres me miran mal cuando empujo a sus hijos para dejarme via libre.
-¿Se puede saber qué haces?- me grita una madre mientras coge en brazos del suelo a su hija. La he debido de tirar.
-¡Lo siento, voy con prisa!- digo haciéndome hueco ya entre el siguiente grupo.

He llegado hasta el centro de la plaza, donde muchas personas de mi edad se amontonan hasta que empiece el concierto que está programado para hoy.
-¡Lucy!- me grita alguien cuando me veo obligada a parar a tomar aire-. ¿Qué haces aquí?

Me giro y veo a Andy junto a las chicas. Las tres llevan en sus manos unas bolsas. Quizás contengan algunas botellas de alcohol.
-No deberíais beber- digo mirando a todo lo que me rodea-. Esto está plagado de policías.
-¡Que les jodan a los policías!- dice Holly-. ¡Queremos emborracharnos!
-¡Baja la voz, Holly!- la riñe Elizabeth.
-¿A dónde vas?- pregunta Andy.
-Tengo unos asuntos pendientes- digo mientras que empiezo a caminar hacia una de las salidas de las ferias.
-¿Qué ha ocurrido?- pregunta Eli.
-Nada. Estaros tranquilas- susurro y antes de empezar a correr de nuevo añado:-. Quedaros aquí. ¡Ahora vuelvo!

Pero no voy a volver. No hoy.

Cuando salgo por una de las puertas me doy cuenta de que hay mucha gente. Hay muchas caras desconocidas para mí. Supongo que mucha gente habrá venido de pueblos cercanos para pasar la noche. Eso va a hacer más difícil lo que tengo que hacer. Y, como he dicho antes, hay demasiados policías. Espero que la música oculte lo que voy a hacer ahora.

Sigo corriendo hasta el paseo marítimo, donde está la cabina que usé para llamar a las familias de los chicos. Pero no me detengo allí. Sigo corriendo como alma que lleva el diablo. Como si mi vida dependiera de ello. Y de una forma u otra, eso es lo que ocurre.

Llego hasta la arena y sigo corriendo hasta un lugar en el que la gente no me pueda ver, un lugar lleno de plantas y de árboles que me introducen en la oscuridad. Solo tengo como testigo al mar.

Cuando me detengo observo lo que me rodea. Arena, agua salada y árboles llenos de hojas aunque, por la luz de la luna, puedo ver que muchas están a punto de caerse de las ramas. No creo que sea por el otoño -faltan dos meses- sino por el agua salada que absorben las raíces de las plantas.

Estoy sudando. Quizá por la carrera que me he metido entre pecho y espalda desde mi casa hasta aquí. Quizá por la adrenalina que corre por mis venas. Tengo ganas de quitarme la sudadera que me he puesto pero la noto pegada a mi piel. Además tengo frío. Mucho frío. Se necesita sangre fría para hacer lo que estoy haciendo.

La música de las ferias está tan lejos que el sonido de las suaves olas se sobreponen a ella. Y doy otra bocanada de aire. Luego miro al cielo y, tras tragar, formulo una pequeña oración:
-Dios, dame fuerzas.

Unas ramas se rompen a unos metros de mis espaldas y me giro con celeridad para encontrarmele a él.

Está ahí, a unos cinco metros de distancia, con la misma camiseta que usó la misma noche que se fue, con algunas heridas en la cara y en los brazos. Y parece cansado.

Esta vez no es una alucinación. Este no es el Louis imaginario. Puedo escuchar el ruido que hacen sus pisadas. Puedo oír su respiración agitada. Puedo notar mi corazón acelerado, golpeando con fuerza mi pecho.

El Louis imaginario nunca me hizo sentir así.
-Hola- susurra finalmente.

Y, por un instante, bajo la guardia y sonrío como una tonta. Llevaba tanto tiempo sin escuchar su voz...

Pero, tras ese corto segundo, mi espalda vuelve a ponerse recta, mis hombros alineados con mis pies.
-Siento haber venido ahora, Bombón- dice. La luz de la luna se refleja en sus ojos azules-. Llevo durmiendo casi todo el tiempo. Salí de la OMER agotado.

Mis labios tiemblan. Me obligo a no llorar. No quiero lágrimas. Quiero ser fuerte.
-Ha llegado hoy a mi casa la carta que escribiste a mi madre. Y me ha pedido explicaciones. Aunque también me ha dicho que te dé las gracias.

Mis manos no dejan de sudar y me las limpio restregándolas con la tela de mis vaqueros.
-Ha sido horrible, Bombón. No le deseo esta experiencia a nadie. Ha sido horrible. De verdad. He tenido que matar a gente para poder sobrevivir- Louis mira al cielo estrellado y luego vuelve a mirarme-. Pero estabas todo el rato en mi mente, Bombón. No te has alejado de mí en ningún momento. Y creo que eso ha sido lo que me ha salvado.

Su pecho se infla y desinfla como el mío cuando sufría los ataques de ansiedad. Y se muerde el labio con tanta fuerza que lo más probable es que se haga herida.
-Pero no hablemos más de mí. ¿Qué tal tú? ¡Siento si te he preocupado! ¡No me podía levantar de la cama! He estado todos estos día recuperando horas de sueño y fuerzas. ¡Lo siento, de verdad!

Sus ojos azules me miran casi sin parpadear pero han empezado a llorar. Y me temo que yo también. Noto mis mejillas mojadas. Pero no llevo mi mano a mi cara para comprobarlo. Estoy totalmente rígida.
-No llores, Bombón- susurra.

Mueve sus pies para dar un paso, para acercarse a mí, pero yo me alejo. Quiero mantener las distancias.
-¿Lucy?
-No te muevas- digo dejando salir todo el aire de mis pulmones.
-Bombón, de verdad, lo siento...

Vuelve a dar otro paso pero me alejo de nuevo.
-No te acerques a mí.
-¿Bombón?
-No me llames así.
-Pero...

Da otro paso pero esta vez mis brazos son rápidos y, antes de que den otro, sostengo entre mis manos a Rossie, la pistola que me dio Jimmy días atrás.
-¡Estate quieto!- grito.

Louis levanta las manos y se aleja rápidamente.
-¿A qué has venido?- pregunto con un hilo de voz.
-Lucy, baja el arma, por favor.
-¡No!- vuelvo a gritar-. En la OMER hay dos normas, ¿no? La primera es que una persona que sepa de los rosados debe morir. La segunda es que si un antirosado molesta a otro rosado o a un elegido, aunque salga herido o muerto, será siempre culpable.

Louis mantiene sus brazos extendidos hacia arriba y me mira sorprendido.
-Soy la elegida de un rosado- digo entre jadeos-. No tienes que matarme. Y si ahora disparo solo tú serás el responsable de ello.
-Bombón, por favor...
-¡Te he dicho que no me llames así!- aparto una mano de agarre de la pistola y me limpio la cara. Las lágrimas me molestan en la visión-. Ya intentasteis engañar una vez haciéndoos pasar por mi padre. ¡Me disteis ilusiones para luego arrebatármelas e intentar matarme!- vuelvo a sujetar con firmeza la pistola-. Pero no voy a volver a picar. No vais a volver a jugar con mis sentimientos. ¡No después de todos estos meses!

El arma tiembla e intento esforzarme para mantenerla quieta.
-Lucy, no soy un antirosado- susurra él.
-¡No intentes engañarme! Fuisteis primero a por mi hermana. Y me dijeron que seguramente vendríais a por mí. Pero estoy preparada. No os vais a salir con la vuestra.
-Lucy...
-¿Quién me dice a mí que no eres un antirosado que se ha transformado en otra persona para engañarme? ¡Ya lo hicisteis una vez! ¡No volveréis a engañarme!
-Lucy, escúchame...
-¿Puedes acaso demostrarme que estoy equivocada?- pregunto mientras quito el seguro del gatillo.

Louis me mira serio pero su cara parece rendirse.
-Cumple la norma de la OMER- dice-. Soy el único responsable de mi muerte. Dispara.

Mis manos tiemblan más que hace un segundo y veo como el rosado cierra los ojos.

Me acerco unos pasos a él para poder apuntar mejor.

No me tiembla el pulso.

Y disparo.

Con mis manos sigo sujetando la pistola. Mis manos ya no tiemblan. Incluso he dejado de sentir mis latidos durante un tiempo.

Pero mi corazón vuelve a latir cuando veo que el cuerpo no cae a la arena. Sigue ahí, de pie, sin ningún rasguño, como si la bala hubiese traspasado su cuerpo y se hubiese perdido entre la vegetación que hay a las espaldas del chico, como hubiese hecho un rosado con el poder del cambio de fase.

Como si hubiese hecho Louis.

Solo entonces, cuando me doy cuenta, dejo caer a Rossie a la arena y dejo mis brazos caer.

Louis me mira y sonríe tristemente antes de acercarse a mí con rapidez y abrazarme con fuerza.
-Dios, Louis- digo como puedo-. Estás vivo.
-Lo siento, Bombón. Siento no haber venido antes.

Las lágrimas salen con más fuerza de mis ojos antes de corresponder al abrazo del chico.

Louis ha salido de la OMER.

martes, 11 de noviembre de 2014

77.

Kate se ha ido hace un rato a su casa y decide dejarme sola hasta que, al día siguiente, vuelvan Jimmy y Sam con el resto de las cosas de esta de Oxford. Parece ser que dormiré hoy sola. Y eso no me gusta.

Hoy me permitido darme un baño con agua caliente -casi hirviendo- que ha durado cerca de una hora y que me ha dejado la piel irritada por la temperatura del agua aunque eso no me importa.

He descubierto que yo soy la persona de la que va a depender mi estado de ánimo hasta que muera y, como últimamente no me siento acompañada por mi alma, he decidido volver a encontrarla en las pequeñas cosas. Como cuando me dedicaba a buscar conchas entre la arena de la playa, o cuando me ponía a buscar insectos entre las plantas que hay al lado de mi casa.

Me acuerdo de la emoción que sentía de niña cuando encontraba un cien pies paseando entre las hojas caídas. Y de la emoción que me inundaba cuando mi padre, como premio, me ponía sobre sus hombros para sacarme fuera de casa para poder ver juntos las estrellas.
-¡Mira, papá!- decía cuando veía una estrella fugaz.
-¡Pide un deseo, Ranita!
-Mmm... ¡Deseo un poni!- gritaba al cielo, para que el cometa me escuchase, cerrando con fuerza los ojos.

O de la alegría que sentía cuando mi madre llegaba a casa después de toda la tarde trabajando y me ponía a saltar en sillón o sobre las piernas de mi padre para que, cuando ella viniese a saludarme, pudiese llegar sin ninguna dificultad hasta sus brazos que me abrazaban con determinación y me hacían girar.

O de la confusión que me producía que un ratón viniese desde su castillo hasta mi cama para coger un diente de debajo de mi almohada y, dejar a cambio, un par de monedas para que, según mi padre, me comprase gominolas y así se me cayeran más dientes.

El rantocito siempre fue muy listo. Una vez pudo pasar por encima de una trampa que había colocado... ¡Y comerse el queso que había puesto!

O de la diversión que sentía cuando, después del baño, mi padre me cogía en brazos y me acercaba al espejo para que, durante unos minutos, pudiera dibujar con el dedo sobre él gracias al vaho.

Y eso es lo que siento ahora. Una -aunque pequeña- diversión cuando paso el dedo escribiendo sobre el vaho del espejo, dibujando unas pequeñas estrella o algunos símbolos al azar como el de la paz. Incluso escribo mi nombre. Pero cuando el vapor desaparece mi sonrisa se va con él. ¿Cómo era capaz mi padre de que, solo por dibujar en el espejo, me fuera feliz a la cama?

Cierro los ojos durante unos segundos para dar una gran bocanada de aire y así relajarme un poco más.

Luego me seco y me sorprendo poniéndome, junto al pijama, unos viejos zapatos de tacón que pertenecieron a mi madre. Como cuando de pequeña organizaba algún pase de pasarelas que miraban Sam y Jimmy cuando se quedaban conmigo a cuidarme.

Quizá la niñez no se va nunca de tu cuerpo. Quizá te acompañe durante toda tu vida.

A los minutos me doy cuenta de que tengo el viejo estuche de maquillaje que usaba de pequeña en una balda de mi estantería y, tras cogerlo, con la mano izquierda -para hacer aún más divertido lo que pueda salir de mi imaginación-, me maquillo como cuando lo hacía de niña. Al final acabo echa un cristo pero por lo menos soy pequeña otra vez. Como cuando me imaginaba que me iba a casar con un multimillonario, y que tendría muchas casas por el mundo.

Que pena que de pequeña no me diese cuenta de las cosas importantes. De pequeña solo esperaba conocer alguien guapo y con dinero. Y es que cuando era niña no me daba cuenta de lo bonito que era conocer a alguien que con una simple mirada te hiciese dejar de respirar, o que con unas palabras te hiciese llorar.

De pequeña estaba totalmente engañada porque pensaba que el amor era fácil, que encontraría a alguien con quien pasar el resto de mi vida en poco tiempo. Pero pensar eso es un error de principiantes.

Y al rato me encuentro en la cocina, intentando hacer tortitas en forma de corazón. O en forma de estrella. Pero es imposible.

Al rato, cuando estoy comiendo las tortitas con mucho chocolate, el teléfono suena así que bajo el volumen de la televisión y descuelgo.
-¿Si?
-Lucy- dice Sam-, ¿estás mejor?
-Sí- sonrío antes de meterme un trozo de comida en la boca-. Influso ztoy coñiendo.
-¿Qué?
-Incluso estoy comiendo- digo tras tragar.
-Me parece genial. ¿Qué comes?
-Torfifas.
-¡No se habla con la boca llena!
-¡Estoy comiendo tortitas!

Sam se ríe al otro lado del teléfono.
-Oye- dice-, necesito que me hagas un favor.
-Dime.
-¿Puedes mirar si en el cuarto de la lavadora están mis pantalones vaqueros?
-¿Cual de todos?

Me levanto y dejo el plato sobre la mesa del salón.
-Los azules, los que tienen los bolsillos falsos en el culo. Es que no recuerdo si los llevé la semana pasada.
-Sí- digo tras verlos desde la puerta-, están aquí.
-Perfecto. Mírame si están tambien los grises.
-¿Los que tienen unas piedrecitas?
-Esos mismos.
-También están.
-Genial- dice-. Hay muchas cosas que no encontramos y solo estamos a la mitad de la lista.
-Si no encontráis más cosas llamadme y os ayudo.
-Tranquila, lo haremos. Disfruta de las tortitas. ¡Y limpia la cocina luego! 
-Ya está limpia- digo mientras vuelvo al sofá-. Que Jimmy no limpie lo que ensucie no significa que...  
-Vale. Solo quería recordártelo.  
-¡No soy una niña pequeña!- digo sin pensar en las pintas que tengo por el maquillaje que llevo puesto y los tacones.
-Perdóname, cariño.
-Perdonada estás. 
-Adiós. Te llamaré si no encuentro más cosas.  
-Aquí estaré. 

Luego cuelgo y vuelvo a subir el volumen de la televisión para poder escuchar la película que echan en el canal 7. Pero, sin que hayan pasado diez segundos, el teléfono vuelve a sonar. 
-Mira a ver si en mi cuarto están las manoletinas rojas de charol. 

Me levanto y voy al cuarto de mi hermana para abrir su armario.
-Están en una caja de color negro- digo. 
-¡Esa caja es de los botines de cuero!
-Pues los botines de cuero no están aquí.
-Ya. Les tengo puestos. 
-Entonces no te quejes tanto. 
-Solo intento ser organizada. 
-De todas formas no sé que haces buscando las cosas. ¡Coge todo y poned vuestros culos de vuelta! 

Tras despedirme de Sam cuelgo y vuelvo al salón pero no me da tiempo a sentarme en el sofá de nuevo porque el teléfono vuelve a sonar.
-¿Si?- pregunto.
-Mira a ver si hay un paquete de carne picada en el frigorífico.
-¿Para qué quieres...?
-Es para saber si está abierto. Si está abierto ponlo en una sartén. Si está cerrado compramos comida china para mañana. 
-Voy a verlo. 

Entro en la cocina y abro el frigorífico para buscar la carne picada. 
-Sam...
-¿Sí?
-Está abierta pero empieza a tener moho- digo mientras abro la basura y lo tiro.
-Entonces mañana hay para comer comida china. 
-¡Bien!- digo mientras vuelvo al salón. 

Tras colgar no me arriesgo. No me siento, no subo el volumen de la televisión y no me meto ningún trozo de comida en la boca porque conozco a mi hermana como si fuese mi hija y seguro que me llama en menos de treinta segundos.

Y el teléfono suena. 
-¡Samantha Smith!- digo intentando no reírme-. ¡Deberías decirme todo de golpe para poder cenar y ver la televisión a gusto! ¡Hay más gente en el mundo a parte de ti! ¡Deberías tener consideración!
-¿Bombón?

76.

Me despierto en mi cama. Desde hace dos días no paso por la casa de la cala. Y no creo que vuelva más. Zac se ha instalado allí, en la habitación de Harry y por las trades se dedica a entrenar. He podido ver cómo hace uso de su poder creando algunas grietas en rocas con solo un puñetazo, o cómo parte algunos troncos que le costaba horas a Harry quemar por su grosor. Incluso he visto como se mete en el mar y crea unas olas que van desde la orilla hasta mar adentro, justo al contrario a las creadas por los movimientos naturales del mar.

Y no he podido soportar verle defraudado consigo mismo como si la culpa de no tener entrenador, la culpa de que mi padre esté muerto, fuese suya. Porque sé lo que piensa. Es lo mismo que pensaban los chicos. Sin mi padre tienen solo un cinco por ciento de salir de la OMER.

Llevo dos días viendo como el recuerdo de Louis aparece y desaparece, mirándome tras el cristal de la ventana, comiéndose un sandwich inexistente, limpiando de sus zapatillas algunas motas de polvo. Y más de una vez he cerrado los ojos porque no quiero verle. Quiero olvidarme de Louis. Quiero superarlo.

Fui a ver al psicólogo y me dijo que la causa de mis alucinaciones podía ser el uso de los antidepresivos, que suele ser un efecto secundario.

"Podría dejar de tomarlos." susurré.

"Si dejas de tomarlos volverán las crisis, los ataques de ansiedad. Y no creo que sea bueno que dejes de comer." me dice George.

Llevo dos días en los que Sam no me ha dejado en paz porque me ve deprimida.
-¿Qué te ocurre?- pregunta.

La ventana de mi cuarto está abierta haciendo que haga un poco de corriente en la habitación, haciendo que no me mueva para tomar aire puro.
-Estoy preocupada por ti- me dice antes de sentarse junto a mí en la cama.

Trago saliva antes cerrar los ojos para evitar echarme a llorar. Está siendo muy duro.

El colchón se hunde aún más y entonces noto el agarre de mi hermana. Me abraza y me aparta el pelo de la nuca para darme un beso que, por unos momentos, me transmite tranquilidad.
-Puedes hablar conmigo. Soy tu hermana mayor. Te voy a ayudar siempre.

Tomo una gran bocanada de aire. Está siendo más duro de lo que me imaginaba.

Sin decir nada, Sam se mantiene junto a mí durante mucho tiempo, incluso hasta altas horas de la noche. Aunque Jimmy la hubiese necesitado ella no se hubiese movido de mi lado. Y me siento mal porque ya ha rechazado los recuerdos de los rosados por mí. Pero no puedo decírselo.

Al día siguiente, Jimmy y Sam se van a Oxford para empezar a traer las cosas del piso de mi hermana y Kate se queda en casa conmigo. Pero decido vestirme y salir un poco a la calle. Puede que vaya a la feria.

Ella me acompaña hasta el pueblo y se queda junto a mí en todo momento hasta que...
-¿Quieres comer algo?- me pregunta.
-Un perrito caliente- miento.
-Perfecto.

Se levanta del banco en el que estamos sentadas y va a los puestos para ir en busca de mi cena.

La música es alegre y, por un momento decido cerrar los ojos para intentar que esa alegría llegue a mi cuerpo. Pero parece rechazarla sin darla ninguna oportunidad. Las luces parpadean a través de mis párpados, como si hubiese estado mirando directamente al sol, sin ningún tipo de protección, durante un largo periodo de tiempo.
-¿Está ocupado?- pregunta alguien.

Por un momento me tienta la idea de decirle que no pero no creo que pueda soportar ahora un asalto con el doctor Mason así que asiento levemente la cabeza y noto como la madera del banco cruje tras apoyar su cuerpo en ella.
-Te he traído algo de cena- dice mientras que me ofrece un cucurucho lleno de patatas fritas bañadas en salsa de tomate-. Últimamente has perdido peso.
-Gracias- digo con un hilo de voz mientras cojo el cartón que me ofrece.
-Como médico tuyo creo que...
-Usted ya no es mi médico. De hecho fue mi médico dentro del instituto.
-Lo sé, Lucy- dice-. Solo intentaba entablar una conversación contigo.
-Lo siento.

Hace un gesto de perdón y luego mira a su alrededor.
-¿No montas en ninguna atracción?
-No tengo ánimos para eso, Mason.
-Por favor, llámame Mike. Debiste de dejar de tratarme de usted cuando te involucraste en esto.
-Vale.
-No te sientas mal, Lucy- dice-. Ambos sabíamos que...
-Lo sé.

Sonrío tristemente antes de coger una patata y metérmela en la boca.
-Lucy.
-¿Si?
-Intenta volver a tu vida normal. No ahora mismo. En unos días. Quizá un par de semanas. Pero no te hundas. ¿Vale?

Dicho esto, el doctor Mason se levanta del banco y empieza a caminar.
-Mike- le llamo.

Se gira y me mira con detenimiento.
-El otro día te dije unas cosas horribles en la consulta.
-Estás perdonada.

Miro al suelo. Observo como algunos trozos de papel vuelan junto a la brisa.
-¿Por qué?

El doctor se mete las manos en el bolsillo del pantalón y se balancea sobre las puntas de sus pies.
-Bueno, somos humanos. Está en nuestra naturaleza desarrollar sentimientos hacia otros seres. Como el cariño.

Sin añadir nada más se da la vuelta y vuelve junto a una mujer, supongo que su mujer, que mira entretenida el movimiento de una atracción.
-¡Vaya!- dice Kate cuando vuelve del puesto de comida- Parece que ya estás servida- susurra mientras señala las patatas y me pone en mi regazo el perrito caliente envuelto en papel de plata.
-¿Podemos ir a comernos las cosas a casa?- pregunto.
-Claro...- contesta mientras que vuelve a coger mi cena y lo mete en una bolsa de plástico- ¿Ocurre algo?
-Kate, ¿alguna vez volveré a ser feliz?

La rosada me mira sorprendida y, tras ver un instante la feria, contesta.
-Claro que sí. Solo tienes que aprender a ser feliz con la persona adecuada.

Y, cuando llego a casa me encuentro con esa persona adecuada. Lo que yo no sabía era que estaba atrapada en un espejo.

75.

Echo en un buzón la carta que le he escrito a la madre de Louis y luego camino por las calles del pueblo son ninguna gana.

Tengo sueño. No he dormido nada desde hace varios días y los ojos se me cierran.

Camino por la feria viendo como los niños disfrutan de las atracciones y veo como algunos adolescentes crean grupos en una de las plazas para esperar a que un concierto de música empiece.

Veo a algunos compañeros de clase que me llaman para que me junte a ellos. Desde que los chicos desaparecieron están intentando ser considerados pero cuando me giro sin decirles nada puedo notar sus caras de asco.

Nunca dejaré de ser amiga de los raritos.

Al móvil me llegan algunos mensajes de Jimmy y de Sam preguntándome qué quiero para cenar pero les digo que no cuenten conmigo porque no tengo hambre.

Cuando la música de las atracciones se me mete en la cabeza haciendo que me duela me alejo y me meto en un bar vacío. El camarero me mira esperando tomarme nota pero pone mala cara cuando le digo que solo quiero un vaso de agua.

Cuando empiezo a bebérmelo para hacer pasar la cápsula de purpurina por mi garganta veo a través de las cristaleras la figura imaginaria de Louis que me mira con rostro serio desde la otra acera, como si le pareciese mal lo que estoy haciendo.
-Me medico porque estás muerto- susurro para que no me oiga el camarero.

La figura no cambia su cara pero susurra algo que no consigo entender. Pongo cara de confusión y repite las palabras pero no sigo sin escucharle.
-No sé qué dices.

Entonces me dice con la mano que me acerque a él y corro la silla más cerca del cristal pero, aun así, no le entiendo.

Me levanto de la mesa y -tras dejarle una propina al camarero- salgo a la calle pero aún me separa la calzada de Louis.
-Repitemelo- le pido pero, como otras veces, no le oigo.

Entonces empiezo a cruzar la carretera para acercarme más a él porque parece que la imagen de Louis no tiene ninguna intención de hacerlo él pero, cuando estoy a la mitad de la calzada, un coche para a pocos centímetros de mí y una mujer de pelo negro me grita.
-¡Mira antes de cruzar!
-Lo siento- digo.

Cuando alzo de nuevo la mirada Louis ya no está y vuelvo a mi acera porque cruzar la calle ha perdido la importancia si él no está al otro lado esperándome.

Mi cuerpo sin vida sigue paseando por la calle sin que le importe nada porque acabo de comprender una cosa: enamorarme de Louis era como ir corriendo tras un tren. Necesitas alcanzarlo y subirte a él. Necesitas intentarlo. O simplemente correr.

El estar enamorada de un rosado es sufrir porque sabes que tienes un cinco por ciento de posibilidades de volver a verle. Y necesitas ayudarle para aumentar esa estadística. Lo único que haces es alimentar una esperanza que, tan pronto como viene, se va.

Ya entrada la noche llego a la casa de la cala para intentar dormir en el colchón que tantas veces había compartido con Louis pero quedo quieta sin entrar cuando, por una de las ventanas veo que no estoy sola.

Un chico de pelo oscuro mira sorprendido todo el desorden que hay en la cala sin percatarse de mi presencia. Camina por la cocina intentando recoger los vasos y los platos que dejé hace unos días en el suelo e intenta colocar la mesa pero la volqué con tanta fuerza que una de las patas se ha salido y parece que no consigue colocarla.

Hay una mochila en el suelo del porche y la miro con curiosidad.

Entro dando varios pasos con decisión y me planto en la cocina. ¿Quién es este intruso? ¿Qué hace aquí? ¿A caso no sabe que ahora esta casa es mi refugio?
-¿Quién eres?

El chico me mira. La cara me suena de haberla visto alguna vez pero no consigo adivinar donde.
-Voy a repetirlo. ¿Quién eres?

El chico me observa con curiosidad pero no dice nada.
-Esto es una propiedad privada y...
-Me llamo Zac.

Pongo mis manos en la cintura.
-¿Qué haces aquí?
-Me dijeron que viniera aquí.
-¿Quién? ¿Hay más gente?- pregunto mirando por las escaleras-. Tenéis que iros.
-No. Estoy yo solo.
-Lo siento. Es una propiedad privada y...
-Busco a Charlie Smith- susurra.

Contengo la respiración porque ya sé dónde le he visto. Es el chico que el otro día salía de la consulta del doctor Mason.
-¿Eres un rosado?- pregunto.
-Sí.
-Charlie era mi padre. Murió hace siete años. No puede entrenarte- susurro mirando al suelo.

La cara del chico cambia drásticamente y hace añicos los vasos de plástico que tiene entre las manos. Algunos trozos me golpean pero no muy fuerte. Aunque me alejo.
-¿Qué poder...?
-Superfuerza.

Zac se agacha, recoge los trozos más tranquilo y los mete en una bolsa de papel.
-¿Qué ha ocurrido aquí?- pregunta.
-Bueno...- digo antes de tragar saliva.
-¿Los rosados que estaban aquí antes decidieron dar una fiesta? ¿O fue cuando la OMER se los llevó?
-Fui yo.
-¿Por qué...?
-No han salido de la OMER y me dio una crísis.
-¿Cómo lo sabes?
-Bueno, me puse muy nerviosa y se me fue la olla.
-Me refiero a lo de que no han vuelto.

Me agacho y cojo otro vaso para llenarlo de agua. Luego saco una pastilla de purpurina de uno de mis bolsillos y me la trago.
-Les conocía.
-¿Tú también eres rosada? ¿Qué poder tienes?
-No. No soy rosada.
-¿Entonces?
-Les conocí hace unos meses -me termino el agua del vaso y luego se lo tiro a Zac-. He sido su entrenadora. Ya que mi padre no podía decidí que...
-¿Entonces me entrenarás a mí?

Zac está nervioso. Se muerde el labio con impaciencia y luego se agarra de las manos.
-No. Lo siento. No creo que...
-Tienes experiencia. Seguro que...
-Seguro que has oído lo que te he dicho- digo-. He entrenado a cinco chicos. Ninguno a vuelto. Tengo un cero por ciento de éxito.
-Pero...
-Cero posibilidad es menor que tener cinco.

Zac me mira para decir algo pero cierra la boca porque tengo razón.
-¿Cómo te llamas?- cuestiona finalmente.
-¿Es importante?
-Yo te he dicho mi nombre. Creo que sería lo justo.
-Lucy.
-Encantado de conocerte, Lucy- dice antes de coger su mochila y echársela al hombro-. ¿Las habitaciones?
-No puedes quedarte aquí.
-Tengo derecho. Hace dieciocho años llamó tu padre a mi casa diciendo que iba a entrenarme, que tenía una casa en el publo en la que podríamos quedarnos y que...
-Mi padre está muerto- digo entre dientes.

Zac me mira y, tras alisarse la camiseta que lleva puesta, dice algo que me dijo Zayn una vez.
-Ya. Pero mis padres eso no lo saben.