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martes, 11 de noviembre de 2014

75.

Echo en un buzón la carta que le he escrito a la madre de Louis y luego camino por las calles del pueblo son ninguna gana.

Tengo sueño. No he dormido nada desde hace varios días y los ojos se me cierran.

Camino por la feria viendo como los niños disfrutan de las atracciones y veo como algunos adolescentes crean grupos en una de las plazas para esperar a que un concierto de música empiece.

Veo a algunos compañeros de clase que me llaman para que me junte a ellos. Desde que los chicos desaparecieron están intentando ser considerados pero cuando me giro sin decirles nada puedo notar sus caras de asco.

Nunca dejaré de ser amiga de los raritos.

Al móvil me llegan algunos mensajes de Jimmy y de Sam preguntándome qué quiero para cenar pero les digo que no cuenten conmigo porque no tengo hambre.

Cuando la música de las atracciones se me mete en la cabeza haciendo que me duela me alejo y me meto en un bar vacío. El camarero me mira esperando tomarme nota pero pone mala cara cuando le digo que solo quiero un vaso de agua.

Cuando empiezo a bebérmelo para hacer pasar la cápsula de purpurina por mi garganta veo a través de las cristaleras la figura imaginaria de Louis que me mira con rostro serio desde la otra acera, como si le pareciese mal lo que estoy haciendo.
-Me medico porque estás muerto- susurro para que no me oiga el camarero.

La figura no cambia su cara pero susurra algo que no consigo entender. Pongo cara de confusión y repite las palabras pero no sigo sin escucharle.
-No sé qué dices.

Entonces me dice con la mano que me acerque a él y corro la silla más cerca del cristal pero, aun así, no le entiendo.

Me levanto de la mesa y -tras dejarle una propina al camarero- salgo a la calle pero aún me separa la calzada de Louis.
-Repitemelo- le pido pero, como otras veces, no le oigo.

Entonces empiezo a cruzar la carretera para acercarme más a él porque parece que la imagen de Louis no tiene ninguna intención de hacerlo él pero, cuando estoy a la mitad de la calzada, un coche para a pocos centímetros de mí y una mujer de pelo negro me grita.
-¡Mira antes de cruzar!
-Lo siento- digo.

Cuando alzo de nuevo la mirada Louis ya no está y vuelvo a mi acera porque cruzar la calle ha perdido la importancia si él no está al otro lado esperándome.

Mi cuerpo sin vida sigue paseando por la calle sin que le importe nada porque acabo de comprender una cosa: enamorarme de Louis era como ir corriendo tras un tren. Necesitas alcanzarlo y subirte a él. Necesitas intentarlo. O simplemente correr.

El estar enamorada de un rosado es sufrir porque sabes que tienes un cinco por ciento de posibilidades de volver a verle. Y necesitas ayudarle para aumentar esa estadística. Lo único que haces es alimentar una esperanza que, tan pronto como viene, se va.

Ya entrada la noche llego a la casa de la cala para intentar dormir en el colchón que tantas veces había compartido con Louis pero quedo quieta sin entrar cuando, por una de las ventanas veo que no estoy sola.

Un chico de pelo oscuro mira sorprendido todo el desorden que hay en la cala sin percatarse de mi presencia. Camina por la cocina intentando recoger los vasos y los platos que dejé hace unos días en el suelo e intenta colocar la mesa pero la volqué con tanta fuerza que una de las patas se ha salido y parece que no consigue colocarla.

Hay una mochila en el suelo del porche y la miro con curiosidad.

Entro dando varios pasos con decisión y me planto en la cocina. ¿Quién es este intruso? ¿Qué hace aquí? ¿A caso no sabe que ahora esta casa es mi refugio?
-¿Quién eres?

El chico me mira. La cara me suena de haberla visto alguna vez pero no consigo adivinar donde.
-Voy a repetirlo. ¿Quién eres?

El chico me observa con curiosidad pero no dice nada.
-Esto es una propiedad privada y...
-Me llamo Zac.

Pongo mis manos en la cintura.
-¿Qué haces aquí?
-Me dijeron que viniera aquí.
-¿Quién? ¿Hay más gente?- pregunto mirando por las escaleras-. Tenéis que iros.
-No. Estoy yo solo.
-Lo siento. Es una propiedad privada y...
-Busco a Charlie Smith- susurra.

Contengo la respiración porque ya sé dónde le he visto. Es el chico que el otro día salía de la consulta del doctor Mason.
-¿Eres un rosado?- pregunto.
-Sí.
-Charlie era mi padre. Murió hace siete años. No puede entrenarte- susurro mirando al suelo.

La cara del chico cambia drásticamente y hace añicos los vasos de plástico que tiene entre las manos. Algunos trozos me golpean pero no muy fuerte. Aunque me alejo.
-¿Qué poder...?
-Superfuerza.

Zac se agacha, recoge los trozos más tranquilo y los mete en una bolsa de papel.
-¿Qué ha ocurrido aquí?- pregunta.
-Bueno...- digo antes de tragar saliva.
-¿Los rosados que estaban aquí antes decidieron dar una fiesta? ¿O fue cuando la OMER se los llevó?
-Fui yo.
-¿Por qué...?
-No han salido de la OMER y me dio una crísis.
-¿Cómo lo sabes?
-Bueno, me puse muy nerviosa y se me fue la olla.
-Me refiero a lo de que no han vuelto.

Me agacho y cojo otro vaso para llenarlo de agua. Luego saco una pastilla de purpurina de uno de mis bolsillos y me la trago.
-Les conocía.
-¿Tú también eres rosada? ¿Qué poder tienes?
-No. No soy rosada.
-¿Entonces?
-Les conocí hace unos meses -me termino el agua del vaso y luego se lo tiro a Zac-. He sido su entrenadora. Ya que mi padre no podía decidí que...
-¿Entonces me entrenarás a mí?

Zac está nervioso. Se muerde el labio con impaciencia y luego se agarra de las manos.
-No. Lo siento. No creo que...
-Tienes experiencia. Seguro que...
-Seguro que has oído lo que te he dicho- digo-. He entrenado a cinco chicos. Ninguno a vuelto. Tengo un cero por ciento de éxito.
-Pero...
-Cero posibilidad es menor que tener cinco.

Zac me mira para decir algo pero cierra la boca porque tengo razón.
-¿Cómo te llamas?- cuestiona finalmente.
-¿Es importante?
-Yo te he dicho mi nombre. Creo que sería lo justo.
-Lucy.
-Encantado de conocerte, Lucy- dice antes de coger su mochila y echársela al hombro-. ¿Las habitaciones?
-No puedes quedarte aquí.
-Tengo derecho. Hace dieciocho años llamó tu padre a mi casa diciendo que iba a entrenarme, que tenía una casa en el publo en la que podríamos quedarnos y que...
-Mi padre está muerto- digo entre dientes.

Zac me mira y, tras alisarse la camiseta que lleva puesta, dice algo que me dijo Zayn una vez.
-Ya. Pero mis padres eso no lo saben.

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