-¿Cómo crees que lo has encajado?- me pregunta George, el psicólogo una vez que me encuentro en su consulta.
-Bien.
-¿Bien?
-Sí.
-¿Crees que es por algo en especial?
-Creo que la purpurina me ha ayudado.
-¿La purpurina?
-Así llamo a los antidepresivos.
-Es normal poner otro nombre a la medicación. Más de una persona siente vergüenza por medicarse.
Suspiro mientras que me froto las manos.
-Me han dicho que intentaste suicidarte.
Bajo la mirada.
-También es normal, Lucy. Cuando alguien sufre un shock de estas dimensiones...
-No quiero hablar del suicidio. No me siento orgullosa de eso.
-Entiendo. ¿De qué quieres hablar?
-Creo que por hoy hemos hablado mucho, George.
El hombre me mira y, tras apuntar algo en su libreta, se quita las gafas y sonríe.
-Está bien. Puedes irte.
Cuando llego a casa, Sam me mira preocupada.
-¿Ha ocurrido algo?- pregunta.
-Solo estoy cansada.
-Últimamente te encuentro...
-Dejala, Sam- dice Jimmy ayudándome-. ¿Por qué no la dejas meterse en la cama?
-No- digo-. Voy a irme a casa de Andy a dormir. Ha organizado una fiesta de pijamas y...
-¡Fantástico!- dice Sam-. ¿Quieres que te acerque?
-Ya la llevo yo, Sam.
-Gracias, Jimmy.
Me meto en mi cuarto y organizo una mochila con mi pijama. La fiesta de Andy va a estar genial. Eso no lo dudo. Pero no voy a ir. Iré a la casa de la cala a pasar allí la noche.
Jimmy me acompaña hasta la mitad de camino y, tras preguntarme si estaré bien, me deja sola.
Cuando llego a la cala, lo único que hago es sentarme en la arena para esperar el nuevo día. La marea está alta y algunas olas rozan mis pies descalzos.
Desde que dejé la botella de los deseos de Louis en sus profundidades noto que el mar me trata con cariño, como si supiese que le he devuelto algo que es suyo.
Sé que es una locura pensar en el mar como un organismo vivo pero así me siento acompañada por las noches. Antes notaba que el mar estaba agitado y no me dejaba dormir. Ahora su ritmo es lento, como si me estuviese cantando una canción de cuna para ayudarme a dormir.
Pero no es por eso por lo que vengo a la cala a pasar la noche.
Cuando me siento en la arena lo que hago es ver las figuras de los chicos entrenando y divirtiéndose en su tiempo libre. Incluso les veo sentados alrededor de una pequeña hoguera poniendo en la lumbre que ha creado Harry con sus manos unas pequeñas nubes de azúcar y tostándolas para luego comérselas con mucho gusto. No les veo hablando así que supongo que Niall está creando una red con todas sus mentes para tener una conversación dentro de sus cabezas pero, a su vez, poder disfrutar del sonido del oleaje.
También veo como Liam pone en platos muchas nubes con mucha rapidez y cómo Louis saca del fuego sin ningún problema las que se les caigan a la arena y como Zayn sacude la arena de las gominolas con su mente para no quemarse.
Pero, cuando giro la cara un momento para mirar el cielo, han desaparecido sin dejar ningún rastro. No quedan ni las ascuas del fuego.
Entonces me tumbo sobre la arena, usando mi mochila como almohada, y empiezo a mirar las estrellas.
"-Vuelve, Louis. Vuelve aquí. Por lo que más quieras.
-¿A qué viene eso?
-Louis, por favor, vuelve.
-Volveré.
-¿Lo prometes?
-Lo prometo."
Prometió que volvería. Hizo una promesa. Y la ha roto. La ha roto sin importarle cómo estaría yo.
¿Por qué no ha vuelto?
Me levanto de la arena y me sacudo para entrar en la casa y no ensuciarla.
Subo la escalera sin importarme el gran desorden que organicé el día que me enteré de lo de los chicos. Quizá debería limpiar. Quizá vengan más chicos. Quizá los entrenamientos de mi padre no habrían terminado con los chicos. ¿Qué voy a hacer si vienen más como ellos? ¿Les ayudaré como hice con ellos?
Agito mi cabeza para espantar ese pensamiento. No es momento para pensar en eso.
Entro en la habitación de Louis y me tumbo en el colchón para intentar descansar aunque no puedo porque, cuando abro los ojos ante mi incapacidad de dormir, veo un recuerdo de Louis de pie observando por pequeña ventana de su cuarto. Los músculos de sus brazos están muy marcados y le veo apoyando los codos en el marco. Me levanto para descubrir que lo que mira el Louis imaginario es lo mismo que miraba el Louis real: una luz anaranjada perdida a varios kilómetros de distancia.
-¿Quieres ir?- pregunto sin saber que iba a obtener una respuesta.
La figura de Louis gira la cabeza y con una simple sonrisa me contesta así que recojo mis cosas y, tras traspasar mi cuerpo como haría el verdadero Louis, le sigo por la casa hasta salir.
La figura de Louis camina por entre los árboles con rapidez y agilidad, saltando de raíz en raíz, de roca en roca, como de un felino se tratase.
-Más despacio- le digo cuando le veo desaparecer tras uno de los troncos-. No quiero perderme.
Pero eso no es lo que ocurre. Lo que realmente me aterra es quedarme sola sin el recuerdo de Louis.
Camino durante un par de horas y freno cuando la figura se detiene. Hemos llegado hasta la misteriosa luz. Pero ya estoy sola cuando me doy cuenta que esa luz no era lo que Louis creía.
No estoy frente a un hotel de montaña llamado "Cupido" o "El sauce ". Estoy frente a una vieja fábrica de cerveza que le quedarán cerca de unos meses para cerrar. No es un bonito lugar para pasar una noche en compañía de tu pareja, salvo que sea un alcohólico.
La figura de Louis no me acompaña en el camino de vuelta y lo entiendo. El verdadera Louis estaría defraudado de ver su pequeño hotel convertido en una vulgar fábrica de bebida. ¿Por qué no lo estaría el Louis imaginario?
Cuando vuelvo a la casa busco en uno de mis bolsillos una de mis pastillas de purpurina y, tras coger un vaso del suelo para acompañarla con agua, subo al cuarto de Louis para tumbarme en el viejo colchón y dormirme pero, como es costumbre desde hace semanas, sigo despierta cuando amanece.
Pero, para mi sorpresa, Louis vuelve y parece que trae un papel consigo.
-¿Qué quieres?- pregunto molesta.
Me mira y deja el papel imaginario sobre otro papel real que hay sobre la mesa. Luego señala un bolígrafo que hay en el suelo.
-¿Quieres que escriba?
Asiente con la cabeza.
-¿El qué?
Intenta decir algo pero no lo consigue. Aunque consigo leer de sus labios la palabra "carta".
-¿Una carta?
Vuelve a asentir.
-¿A quién quieres que le escriba una carta?
Abre la boca de nuevo pero no dice nada. "Mi madre".
-¿Quieres que le escriba una carta a tu madre? ¿Qué quieres que la diga? - cuestiono mientras me agacho para coger el bolígrafo que me ha señalado antes del suelo.
Pero, cuando me pongo recta de nuevo, ya no está.
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