Hoy me permitido darme un baño con agua caliente -casi hirviendo- que ha durado cerca de una hora y que me ha dejado la piel irritada por la temperatura del agua aunque eso no me importa.
He descubierto que yo soy la persona de la que va a depender mi estado de ánimo hasta que muera y, como últimamente no me siento acompañada por mi alma, he decidido volver a encontrarla en las pequeñas cosas. Como cuando me dedicaba a buscar conchas entre la arena de la playa, o cuando me ponía a buscar insectos entre las plantas que hay al lado de mi casa.
Me acuerdo de la emoción que sentía de niña cuando encontraba un cien pies paseando entre las hojas caídas. Y de la emoción que me inundaba cuando mi padre, como premio, me ponía sobre sus hombros para sacarme fuera de casa para poder ver juntos las estrellas.
-¡Mira, papá!- decía cuando veía una estrella fugaz.
-¡Pide un deseo, Ranita!
-Mmm... ¡Deseo un poni!- gritaba al cielo, para que el cometa me escuchase, cerrando con fuerza los ojos.
O de la alegría que sentía cuando mi madre llegaba a casa después de toda la tarde trabajando y me ponía a saltar en sillón o sobre las piernas de mi padre para que, cuando ella viniese a saludarme, pudiese llegar sin ninguna dificultad hasta sus brazos que me abrazaban con determinación y me hacían girar.
O de la confusión que me producía que un ratón viniese desde su castillo hasta mi cama para coger un diente de debajo de mi almohada y, dejar a cambio, un par de monedas para que, según mi padre, me comprase gominolas y así se me cayeran más dientes.
El rantocito siempre fue muy listo. Una vez pudo pasar por encima de una trampa que había colocado... ¡Y comerse el queso que había puesto!
O de la diversión que sentía cuando, después del baño, mi padre me cogía en brazos y me acercaba al espejo para que, durante unos minutos, pudiera dibujar con el dedo sobre él gracias al vaho.
Y eso es lo que siento ahora. Una -aunque pequeña- diversión cuando paso el dedo escribiendo sobre el vaho del espejo, dibujando unas pequeñas estrella o algunos símbolos al azar como el de la paz. Incluso escribo mi nombre. Pero cuando el vapor desaparece mi sonrisa se va con él. ¿Cómo era capaz mi padre de que, solo por dibujar en el espejo, me fuera feliz a la cama?
Cierro los ojos durante unos segundos para dar una gran bocanada de aire y así relajarme un poco más.
Luego me seco y me sorprendo poniéndome, junto al pijama, unos viejos zapatos de tacón que pertenecieron a mi madre. Como cuando de pequeña organizaba algún pase de pasarelas que miraban Sam y Jimmy cuando se quedaban conmigo a cuidarme.
Quizá la niñez no se va nunca de tu cuerpo. Quizá te acompañe durante toda tu vida.
A los minutos me doy cuenta de que tengo el viejo estuche de maquillaje que usaba de pequeña en una balda de mi estantería y, tras cogerlo, con la mano izquierda -para hacer aún más divertido lo que pueda salir de mi imaginación-, me maquillo como cuando lo hacía de niña. Al final acabo echa un cristo pero por lo menos soy pequeña otra vez. Como cuando me imaginaba que me iba a casar con un multimillonario, y que tendría muchas casas por el mundo.
Que pena que de pequeña no me diese cuenta de las cosas importantes. De pequeña solo esperaba conocer alguien guapo y con dinero. Y es que cuando era niña no me daba cuenta de lo bonito que era conocer a alguien que con una simple mirada te hiciese dejar de respirar, o que con unas palabras te hiciese llorar.
De pequeña estaba totalmente engañada porque pensaba que el amor era fácil, que encontraría a alguien con quien pasar el resto de mi vida en poco tiempo. Pero pensar eso es un error de principiantes.
Y al rato me encuentro en la cocina, intentando hacer tortitas en forma de corazón. O en forma de estrella. Pero es imposible.
Al rato, cuando estoy comiendo las tortitas con mucho chocolate, el teléfono suena así que bajo el volumen de la televisión y descuelgo.
-¿Si?
-Lucy- dice Sam-, ¿estás mejor?
-Sí- sonrío antes de meterme un trozo de comida en la boca-. Influso ztoy coñiendo.
-¿Qué?
-Incluso estoy comiendo- digo tras tragar.
-Me parece genial. ¿Qué comes?
-Torfifas.
-¡No se habla con la boca llena!
-¡Estoy comiendo tortitas!
Sam se ríe al otro lado del teléfono.
-Oye- dice-, necesito que me hagas un favor.
-Dime.
-¿Puedes mirar si en el cuarto de la lavadora están mis pantalones vaqueros?
-¿Cual de todos?
Me levanto y dejo el plato sobre la mesa del salón.
-Los azules, los que tienen los bolsillos falsos en el culo. Es que no recuerdo si los llevé la semana pasada.
-Sí- digo tras verlos desde la puerta-, están aquí.
-Perfecto. Mírame si están tambien los grises.
-¿Los que tienen unas piedrecitas?
-Esos mismos.
-También están.
-Genial- dice-. Hay muchas cosas que no encontramos y solo estamos a la mitad de la lista.
-Si no encontráis más cosas llamadme y os ayudo.
-Tranquila, lo haremos. Disfruta de las tortitas. ¡Y limpia la cocina luego!
-Ya está limpia- digo mientras vuelvo al sofá-. Que Jimmy no limpie lo que ensucie no significa que...
-Vale. Solo quería recordártelo.
-¡No soy una niña pequeña!- digo sin pensar en las pintas que tengo por el maquillaje que llevo puesto y los tacones.
-Perdóname, cariño.
-Perdonada estás.
-Adiós. Te llamaré si no encuentro más cosas.
-Aquí estaré.
Luego cuelgo y vuelvo a subir el volumen de la televisión para poder escuchar la película que echan en el canal 7. Pero, sin que hayan pasado diez segundos, el teléfono vuelve a sonar.
-Mira a ver si en mi cuarto están las manoletinas rojas de charol.
Me levanto y voy al cuarto de mi hermana para abrir su armario.
-Están en una caja de color negro- digo.
-¡Esa caja es de los botines de cuero!
-Pues los botines de cuero no están aquí.
-Ya. Les tengo puestos.
-Entonces no te quejes tanto.
-Solo intento ser organizada.
-De todas formas no sé que haces buscando las cosas. ¡Coge todo y poned vuestros culos de vuelta!
Tras despedirme de Sam cuelgo y vuelvo al salón pero no me da tiempo a sentarme en el sofá de nuevo porque el teléfono vuelve a sonar.
-¿Si?- pregunto.
-Mira a ver si hay un paquete de carne picada en el frigorífico.
-¿Para qué quieres...?
-Es para saber si está abierto. Si está abierto ponlo en una sartén. Si está cerrado compramos comida china para mañana.
-Voy a verlo.
Entro en la cocina y abro el frigorífico para buscar la carne picada.
-Sam...
-¿Sí?
-Está abierta pero empieza a tener moho- digo mientras abro la basura y lo tiro.
-Entonces mañana hay para comer comida china.
-¡Bien!- digo mientras vuelvo al salón.
Tras colgar no me arriesgo. No me siento, no subo el volumen de la televisión y no me meto ningún trozo de comida en la boca porque conozco a mi hermana como si fuese mi hija y seguro que me llama en menos de treinta segundos.
Y el teléfono suena.
-¡Samantha Smith!- digo intentando no reírme-. ¡Deberías decirme todo de golpe para poder cenar y ver la televisión a gusto! ¡Hay más gente en el mundo a parte de ti! ¡Deberías tener consideración!
-¿Bombón?
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