-Dije que no quería ir al psicólogo- digo cuando me encuentro en la sala de espera junto a Kate del psicologo George Davies.
-Pero él sí quiere verte.
-Me da igual.
-Dale una oportunidad.
-Kate, no- digo mientras que me levanto.
-¿Por qué?
-Por la misma razón por la que no quería hacer la selectividad. ¡Me voy a sentir incómoda!
-¿Y no sacar un siete con ochenta y tres?
Desde le eché la bronca a Kate por engañarme con los exámenes de la selectividad me dice las notas que he sacado.
-¡Kate! ¡No estoy loca!
-Ir al psicólogo no significa que estés loca. Solo te va a ayudar a sobrellevar un poco...
-No estoy loca- digo separando las sílabas.
-¿Lucy Smith?
Me giro y veo a un hombre, no muy mayor -de unos cuarenta años-, con el pelo oscuro pero con algunas canas y pocas arrugas en la cara.
-Ella- dice Kate.
-Genial- dice el hombre-. Pasa, Lucy.
La consulta es de color crema, con un sillón y un sofá de color marrón claro. Hay una gran alfombra de flecos del mismo color y una mesa pequeña de madera.
-Sientate en el sillón, Lucy- me indica el señor Davies-. Bueno, cuentame.
-Me han traído a traición, señor Davies.
-Llámame George. Quiero tener una relación amistosa para poder descubrir lo que te ocurre, hablarnos de tú a tú. Y llamarnos por nuestros nombres es el primer paso.
-Vale, señor Davies.
El hombre me mira sorprendido.
-Sé que es difícil. Pero intenta abrirte.
-No quiero abrirme.
-¿Por qué?
Mantengo mi boca cerrada.
-Sé que te resulta complicado hablar de temas de rosados con...
-No me resulta difícil.
-¿Por qué te sientes culpable de la muerte de esos chicos?
-¡No he dicho eso!
-Lucy, sabemos que...
-¡No sabemos nada!
-Te has puesto nerviosa.
-¡Porqué has dicho cosas que...!
-Lucy, soy un rosado con telepatía. Puedo saber lo que piensas en todo momento.
-¡Salga de mi mente!
Pongo mis manos sobre mi frente, como si fuese una barrera difícil de atravesar por la mente del psicólogo.
-Lucy, así no funciona la telepatía.
-Efectivamente- digo-. La telepatía funciona para meterte en mente ajenas y hacer con ellas lo que te salga del...
-¿Tienes miedo de que...?
-¡Sal de mi mente!- digo tras imaginarme a mí misma saliendo de esa consulta sin recordar nada de los rosados.
-No voy a manipularte la mente en ese sentido.
-No me mienta.
-Nunca lo hago con mis pacientes- dice-. ¿Sabes cómo se sentirían si de pronto se empezasen a sentir bien tras solo una sesión conmigo? Aunque, con los rosados, eso no tendría mucha importancia porque...
-No quiero que se meta en mi mente.
-Hablame de tus problemas, Lucy.
-¡No tengo problemas!
El señor Davies me mira sorprendido ante mi actitud.
-¿Quiere que te trate como a un paciente normal? Tendrías que venir más veces aquí a verme...
-No quiero que me trate. Esa es la cuestión.
-Lucy- dice ajustandose unas gafas de pasta que tenía en el bolsillo. Luego me acerca un vaso de cristal que hay en la mesa-. Coge el vaso.
Hay que admitir que el señor Davies tiene mucha paciencia. Si hubiese sido otra persona me hubiese echado ya.
-Ya está- digo borde. Cuanto antes haga lo que me pida antes me iré a casa.
-¿Cuánto pesa?
-No soy una báscula.
-Dimelo. ¿Cuánto pesa, aproximadamente?
-No sé. ¿Doscientos gramos?
-No sé cuánto pesa- le voy a decir algo desagradable por hacerme perder unos segundos en mi vida pero me para-. No importa su peso. Lo que importa es cuánto tiempo lo sujetemos. Si lo sostienes durante un minuto no tendrás ningún problema. Si lo haces durante una hora te cansarás el brazo. Y si lo haces durante un día entero te romperás el brazo.
-No creo que un vaso de doscientos gramos me rompa el brazo.
-Es una metáfora, Lucy.
-Vaya mierda de metáfora.
-Lo que quiero decir es que ocurre lo mismo con los preocupaciones. Por lo que me han dicho llevas cerca de dos semanas sin comer, sin apenas dormir... No es un problema si no comes durante un día. O si no duermes. Pero a la larga...
-Ese es mi problema.
-¿Por qué no dejas que nadie te ayude?
-Porque...
El hombre se levanta y trae un espejo de mano.
-¿Te gusta? Es una reliquia de mi abuela. Es de cuando estaba en la Segunda Guerra Mundial.
El espejo es de hierro. Está un poco oxidado.
-¿Qué pinta eso aquí?
-¿Quieres mirarte al espejo?
-No. Aunque parezca increíble tengo uno en mi casa.
El hombre frunce el ceño pero me lo pone en frente de mi cara.
-¿Qué ves?
-A mí.
-¿Cómo te ves?
-Radiante- susurro con ironía.
-¿Me estás diciendo que hace dos semanas estabas peor?
-¡No se meta con mi cara!
-No. Lo siento. Pero, ¿qué dices de estas ojeras?- pregunta-. ¿Y de estas arrugas en la frente? Lucy, cualquiera que te vea diría que tienes casi treinta.
-Tengo diecisiete años.
-No pareces feliz de tener diecisiete años.
-Ese no es mi motivo de depresión.
-¿Entonces dices que tienes depresión?
Entonces me doy cuenta del juego en el que estoy metida. El psicólogo me ha hecho decirle lo que me pasa sin darme cuenta.
-No lo sé.
El hombre aparta el espejo de mi cara y se sienta de nuevo en su sitio inicial.
-Lucy, tienes un trastorno depresivo por la culpabilidad que sientes de haber enviado a esos chicos a una muerte segura. Pero debo decirte dos cosas: no los has enviado tú a la OMER y lo has hecho lo mejor que has podido. No te culpes de nada.
Sin darme cuenta, me llevo las manos a los ojos y me los restriego.
-No quiero obligarte a quedarte si no quieres así que si quieres puedes irte- dice mientras apunta algo en una libreta-. Aunque si quieres quedarte y contarme más cosas puedes hacerlo. No tengo ningún paciente más esta tarde y me gustaría ayudarte. Eres una muchacha muy valiente.
Mis manos tiemblan y, cuando el señor Davies se levanta para acompañarme hasta la puerta, me doy cuenta de que no quiero irme, me doy cuenta de que necesito hablar un poco más. Necesito ayuda.
-¿Podemos hablar un poco más, George?
No hay comentarios:
Publicar un comentario