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sábado, 29 de noviembre de 2014

Epílogo.

Entrené a cinco rosados. Les entrené por meses y les vi evolucionar de una forma notable. Les vi crecer como rosados. Vi sus poderes desarrollándose, vi como les controlaban. Y pensé que iban a salir de la OMER. Pero me equivoqué. No volvieron cinco. No volvieron juntos como pensé.

Los chicos nunca me dijeron como Zayn murió. Nunca respondieron a mis preguntas. A Louis a veces le oigo en medio de la noche susurrando su nombre, agitado, nervioso, sudado. Y luego se despierta con la respiración intranquila, axfisiandose. Pero cuando le acaricio el pecho parece relajarse. Quizá murió de una forma dura. Una tortura. O quizá fue apuñalado por la espalda. A pesar de todo, nunca más pregunté sobre ese tema. Una parte de mí no quería saberlo. Quería mantener en mi memoria los recuerdos que pasé junto al que llegué a considerar mi hermano.

Los chicos y yo fuimos al funeral cuando la OMER devolvió a la familia Malik sus restos. La familia estaba rota. La madre se apoyaba en el hombro de su marido con una mirada triste, desconsolada mientras que sus hermanas se agarraban de las manos.

Cuando el funeral acabó y se dio paso a que el ataúd en que el Zayn descansaba fuese introducido bajo tierra me agarré al brazo de Louis y luché por no llorar. Pero, tras unos segundos, una muchacha, de piel morena y pelo oscuro se me acercó.
-¿Eres Lucy Smith?- preguntó-. Soy Waliyha. Hablamos una vez por teléfono.

En un impulso la abracé y ella me correspondió y ambas empezamos a llorar sin consuelo.

Zayn me dijo varias veces que éramos muy parecidas. Y tenía razón.

Cuando terminó el verano me fui a la casa de la cala donde pude ver Zac seguía entrenando su superfuerza. Le expliqué las nuevas noticias.
-Así que has tenido un ochenta por cuento de eficacia...- dijo.
-Sí. Así que si quieres puedo entrenarte.

Y le entrené, le entrené durante los fines de semana, cuando tenía tiempo, prometiéndole que en un par de años el entrenamiento sería más duro. Pero no solo entrené a Zac. Vinieron más. Una chica llamada Raven, una chica llamada Hana, un muchacho escocés llamado Bob... Y cerca de una decena más de chicos.

Al final del verano me matriculé en una universidad cercana al pueblo y estudié la carrera de Publicidad. En mi misma facultad estaba Liam para ser profesor de Educación Física, y en la universidad de la capital estaba Niall estudiando Psicología. Harry consiguió un trabajo en un zoológico para alimentar y cuidar de los animales del ártico ya que él era el único de estar en sus hábitats durante horas. Louis consiguió un puesto en el cuerpo de bomberos del pueblo.

Todos sus trabajos están relacionados con sus poderes.

Las chicas se graduaron en sus respectivas carreras y viven en el pueblo en el que todas crecimos y siempre quedamos todos los sábados para hablar de nuestras cosas y recordar viejos tiempos.
Mi hermana Samantha y Jimmy se casaron sin ningún problema y ahora tienen tres hijas preciosas.

Sam no recuerda nada de los rosados a pesar de que Jimmy podía volver a elegirla para compartir su secreto pero prefirió no decir nada. Prefería elegir a otra persona que se enterase del secreto por descuido y salvarla la vida.
Tras unos años de haberme graduado me quedé embarazada de Louis y, cuando el niño nació, corrí a la sala nido para ver si mi hijo tenía sangre rosa y para hacerme a la idea de que, en unos años, él fuese a la OMER como hizo su padre.

Hice lo mismo hace un par de meses con mi otra hija. 

Sus sangres eran rojas. 

Me despierto con un maullido de gato y me incorporo en el sofá. Busco al gato que tenemos como mascota y lo veo en brazos de Zayn que está vestido con un albornoz blanco de su padre y con una cinta de pelo mía en la que ha pegado con celo un trozo de papel en forma de círculo para imitar el material médico. En el cuello puedo ver como hay unos auriculares con una ventosa pegada a la parte del enganche.

Sonrío al ver que no deja saltar al gato de sus pequeños brazos mientras mira con curiosidad la entrada de la habitación de su hermana pequeña, como si algo le llamase la atención. Luego gira la cabeza y me mira.
-¡Mamá, mamá! - dice- ¡Bigotitos no se deja examinar! 

El niño se acerca con el felino y me lo pone en el regazo.
-Es que tiene miedo a los veterinarios- susurro.
-¡Pero si solo estoy jugando!
-Pero lo haces tan bien que se cree que eres un veterinario de verdad.

Zayn, de cinco años, que tiene el mismo tono de piel que yo, el color miel de ojos de mi padre y el mismo color de pelo que Louis, se ríe pero se lleva las manos a la boca para evitar que de su boca saliera una carcajada. Antes era un niño ruidoso pero cuando llegó el bebé hace tres meses, su padre y yo le explicamos que mientras su hermanita estuviese durmiendo debía hablar bajito para no despertarla. 

Miro el reloj. Son las diez de la noche.
-¡Dios, Zayn! ¿Tienes hambre?- pregunto mientras quito a Bigotitos, el gato blanco con manchas de color canela, de mis rodillas.
-No. Papá ya me ha dado de cenar.
-¿Ha llegado ya?
-Sí. Lleva aquí un rato. ¿No te has enterado? Te ha dado un besito de amor verdadero. 

Sonrío por la frase que usa el niño para explicar que Louis, cuando ha llegado a casa, me ha dado un suave beso sobre los labios.
-¿Dónde está ahora?
-En el cuarto de Aina.
-Pues a la cama. Ya es muy tarde. 
-¿Hoy no me lees Harry Potter?
-Es muy tarde...
-¡Pero...!

De pronto viene un llanto corto del cuarto de Aina. Louis tiene en brazos a la niña que ha dejado de llorar porque tiene en la boca la tetina de un chupete rosa. 
-Ya tiene hambre- dice él con una sonrisa. 
-Voy a preparar el biberón- susurro mientras me levanto del sofá. 

Entro en la cocina y, tras dos minutos, salgo con el biberón correspondiente para mi hija. Zayn está sentado en el sofá -con su pijama de Superman- y sujeta a Aina entre sus cortos brazos. Louis está sentado de cuclillas frente a la parte del sofá que ocupan y mirando la escena de sus dos hijos con una gran sonrisa.
-¿Quieres darle tú el biberón?- pregunto a Zayn que asiente con una ligera sonrisa antes de coger el biberón-. Con cuidado, cariño.

Zayn posa la tetina sobre los labios del bebé que abre su boca y empieza a chupar como si no hubiese comido en todo el día. 

Louis parece fascinado cuando Zayn retira el recipiente vacío, orgulloso de su hermana.
-A la cama- susurro-. Ahora voy a darte las buenas noches, Zayn.

Louis coge al bebé y se sienta en el mismo sitio que el niño a dejado libre. Mira a Aina con una sonrisa paternal, con dulzura y cariño mientras frota suavemente con uno de sus dedos el puente de la nariz de la niña para hacerla dormir, como cuando me acariciaba a mí por las noches cuando estábamos en la misma cama antes de que fuese a la OMER.
-Tiene tus ojos- susurro antes de besarle en la mejilla.

Él me mira con una sonrisa y, cuando el bebé se ha dormido, la lleva a la cuna mientras que voy a ver a Zayn que me espera con la luz de la lámpara encendida y metido en la cama. Le arropo mejor con el edredón y le miro con una sonrisa.
-¿Sabes que te quiero mucho?- pregunto.
-Siempre me lo dices, mamá.
-¿Y sabes que siempre vas a poder contar conmigo?
-¿Hasta más de cien?

Una ligera carcajada sale de mi boca y subo la sábana hasta el cuello de Zayn.
-Hasta más de diez mil si hace falta- le doy un beso en la mejilla y voy a la puerta para salir-. Buenas noches.

Dos minutos estoy en la cocina preparando la cena para Louis y para mí. 

Sonrío al ver el anillo de bodas en mi dedo anular izquierdo. Llevo casada con Louis desde hace seis años y han sido los mejores.
-Seguro que cuando pensaste en tu futuro no creías que ibas a cocinar- oigo decir a Louis justo detrás de mí.
-Pensé que el millonario tendría sirvientas.
-Siento no ser millonario.
-No te preocupes. Era o un millonario o un bombero sexy.
-Me consuela mucho eso, Bombón- susurra antes de acercarse más a mi espalda y abrazarme-. Estabas preciosa cuando dormías.
-Debiste haberme despertado.
-A la hora de la comida estabas agotada.
-Gracias por darle la cena a Zayn.
-De nada.

Sonrío de nuevo cuando noto que me empieza a besar el cuello.
-¿Qué tal tu día?- pregunto mientras remuevo con un tenedor la comida de la sartén.
-Como siempre. Jugando a las cartas.
-Estamos en un pueblo muy tranquilo. Casi nadie os necesita. 
-¿Tu día?
-Me han llamado de la oficina. En dos semanas vuelvo a trabajar. Hay que buscar una guardería para Aina y una buena canguro para por las tardes.
-Se te acaban las vacaciones.
-Este momento tenía que llegar.

Louis no deja de besarme en el cuello y eso produce unas ligeras descargas eléctricas por todo mi cuerpo.
-No puedo dormir- dice Zayn entrando en la cocina.

Su padre se aparta de mí y ambos le miramos.
-¿Por?- pregunta Louis.
-Los monstruos.
-Ya hemos hablado de eso, cielo- digo suavemente-. No hay monstruos debajo de tu cama.
-¿Has mirado esta noche?

Miro a Louis.
-Voy a ver- susurra.

Zayn sonría y se sienta en el sofá mientras que llevo la cena a la mesa del salón.
-Mamá, ¿crees que Bigotitos tendrá alguna vez hijos? 
-No lo sé. A lo mejor tiene novia y tiene cachorritos alguna vez.
-¿Y yo voy a tener más hermanos?
-No lo sé- respondo colocando los platos-. ¿Quieres?
-Sí. Pero quiero que sea chico. Aina nunca jugará conmigo a los coches y al fútbol.
-Enano, tu cuarto está libre de monstruos- dice Louis acercándose al sofá. 
-Papá, ¿vais a tener más hijos?
-No lo sé, Zayn. A la cama.
-¿Por qué no lo sabes? 
-Se verá con el tiempo. A la cama.
-¿Y cómo vienen los bebés?
-Los trae la cigüeña- responde Louis con naturalidad mientras coge a Zayn en brazos y empieza a hacerle cosquillas-. A la cama.
-¡Para, papá!- dice el niño poniéndose rojo por la risa-. ¡Para! 

Les miro riéndome por lo bajo a Louis y a mi hijo que desaparecen tras la puerta.

Cuando mi marido aparece después de acostar de nuevo a Zayn se sienta junto a mí en el sofá.

-Te quiero- susurra antes de darme un beso cuando nos acostamos en la cama.
-Yo también te quiero.

Apago las luces y luego nos miramos detenidamente antes de que Louis pase un brazo por mi nuca y otro por mis costillas para que sus manos se enlacen en mi espalda, como hacía cuando éramos unos adolescentes y me traspasaba sus poderes.



Cuando veo que tiene los ojos cerrados le doy -como dice Zayn- un beso de amor verdadero al que Louis me responde con una sonrisa.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Todo empezó aquí.

15 de enero del 2012.

Instituto.

Veo como Zayn mete sus cosas en la taquilla que le han asignado. Es una taquilla de metal, en la sala este del instituto, justo en la otra punta de nuestra clase.

Conocía a Zayn el día hace tres días, cuando llegué a la casa de la cala.

Llegaba yo con mi bolsa a modo de equipaje y él estaba en la cocina, comiéndose una lata de guisantes que debía de haber comprado anteriormente en una de las tiendas del pueblo. Al principio me miró alertado y dejó caer la cuchara que estaba sujetando en el aire con la telekinesis. Sin abrir la boca le demostré que yo también era rosado, traspasando con la mano la pared. Entonces sonrió y se presentó.
-Vamos, Louis- dice cuando ha cerrado su taquilla y se cuelga su mochila al hombro.

Al principio nos costó entablar conversación. Solo nos conocíamos de diez minutos pero cuando me vio rebuscar en los armarios para conseguir algo de comida me pasó la lata de guisantes y y otra cuchara.

Al día siguiente fuimos juntos al pueblo buscando señales de Charlie Smith, el rosado que nos iba a entrenar.

Charlie debió de llamar a mi casa cuando tenía algo menos de un año y medio de vida. Mi madre siempre me contó como fue. Era una noche de marzo en la que estábamos cenando cuando el teléfono de casa sonó. Mi madre oyó una voz grave al otro lado de la línea -siempre supuso que la llamada se había hecho desde una cabina- que le dijo lo siguiente:

"Soy Charlie Smith, de Newport. Soy un rosado que entrena a otros para que tengan más posibilidades de salir de la OMER. Me han dicho que su hijo Louis es rosado. Que esté el día doce de enero del 2012 en Newport."

A mis padres les costó tomar la decisión. ¿Quién era Charlie Smith? ¿Había dicho la verdad? ¿O sólo quería dar ilusiones? Pero mis padres no se arriesgaron. El día acordado estaría allí.

Y cuando Zayn me dijo que también había recibido la mima llamada unos días después de nacer decidimos ir a buscar a Charlie Smith.

Fue difícil. No sabíamos nada de él a parte de que era rosado y de que nos iba a entrenar pero no podíamos decir ni lo primero ni lo segundo. Sería peligroso. Fuimos al ayuntamiento del pueblo, fuimos al instituto, fuimos a algunos bares por si acaso los frecuentaba. Pero nadie sabía quien era. O conocía a varios.

Pero, cuando ayer, cuando fuimos a la consulta del doctor Mason -el que se presentó como nuestro médico en nuestra estancia en Newport- y nos dijo que era médico especializado en los rosados le preguntamos.
-Murió.

Zayn y yo no fuimos a clase, solo volvimos a la casa de la cala para recoger nuestras cosas y volver a nuestras casas pero, cuando estábamos a punto de salir por la puerta dijimos que nos quedaríamos allí. No perdíamos nada en intentar entrenar los dos juntos.
-¿Y qué diremos a nuestras familias?
-Les diremos que Charlie nos entrena. 

No fue muy difícil que se lo creyeran ya que Charlie dijo en su llamada que no volvería a llamar, no volverían a hablar con nuestras familias, que no se conocerían.

En realidad fue demasiado fácil.

Zayn llama a la puerta de la clase en la que vamos a estar hasta final de curso y luego la abre.
-Llegáis tarde- dice el profesor. Luego pone una mueca en la boca-. ¿Quiénes sois?

Zayn y yo nos miramos y luego responde.
-Somos nuevos.
-Debéis de ser Zayn Malik y Louis Tomlinson.
-Ajá- responde Zayn.
-Tendríais que haber estado aquí desde hace días. Las vacaciones de Navidad terminaron hace una semana.
-Lo sentimos.

Zayn y yo caminamos por la clase hasta llegar al final, a unas mesas dobles no ocupadas.

Antes de que pueda sacar todas mis cosas de mi mochila, alguien llama a la puerta.
-Adelante- dice el profesor mientras pone en la pizarra unas cuentas.

La puerta se abre y entra una chica, de pelo castaño y ondulado con prisas.
-Lucy, llegas tarde.

La chica camina hasta una mesa en la que una compañera -supongo que una amiga suya- aparta sus cosas para dejarle sitio.

Va vestida con unos pantalones vaqueros y con una sudadera gris de Oxford junto a unas botas marrones que la cubren hasta los gemelos.

Su compañera le dice algo y entonces se gira para mirarnos. Sus ojos marrones alcanzan los míos pero los aparta rápidamente y abre un cuaderno para copiar las cuentas.

Yo sonrío y Zayn me mira.
-¿Qué piensas?- pregunta.
-Esa chica...
-A mí me recuerda a una de mis hermanas. Tienen el mismo pelo.
-¿Crees que...?
-¿Qué?

La sigo observando con cuatela pero contesto a Zayn.
-Nada.
-¿Estás seguro?
-Es guapa.

Zayn bufa y luego se pone a dibujar en uno de sus cuadernos.

Lucy a pedido a una de sus amigas un espejo y noto sus ojos en mí a partir del cristal mientras que se pone algo de vaselina en los labios.

Me gusta.

martes, 18 de noviembre de 2014

Charlie y Gwen.

Octubre de 1986

-¿Te gusta?- pregunta el chico con una gran sonrisa en la cara mientras extiende los brazos en medio de la casa.

Gwen observa a su alrededor con una gran cara de sorpresa. La casa ha cambiado mucho desde que empezaron a entrenar ahí hace cerca de un año. Antes la madera del suelo estaba podrida -seguramente por la humedad- y las paredes tenian humedades. Ahora la casa tenía madera nueva que no crujía bajo los pies y pintura de color crema en las paredes haciendo que el lugar sea agradable.
-Charlie, es asombroso.
-¿A que sí?

El muchacho, que por aquel entonces tiene veinte años frente a los dieciocho de la mujer, sonríe con felicidad. Ha trabajado durante varios meses en la renovación de la casa. Justo desde que volvió de la OMER.
-¿Cómo lo has conseguido en tan poco tiempo? Hace semanas vine aquí y todo estaba hecho un desastre.
-Ha sido difícil. Los antiguos dueños lo dejaron hecho un asco pero ahora parece un lugar decente.
-¿Un lugar decente?- pregunta Gwen- ¡Podría vivir aquí sin ningún problema!
-¿De verdad?
-Por supuesto.

Charlie sonríe y la abraza con cariño.
-Creo que voy a entrenar a rosados.
-¿Qué?- gritó la chica.
-Quiero dar esperanza a los rosados. Quiero decirles cómo superar la OMER. Quiero decirles cómo salir de ahí. 
-Pero, Charlie, me dijiste que eso estaba prohibido. 
-Y lo está. Ya has visto lo peligroso que es. 

Gwen suspira antes de pasarse una mano por el pelo. Su prometido puede llegar a tener unas ideas de bombero. 
-¿Y cómo lo vas a hacer para conseguir rosados a los que entrenar? 
-Tengo un amigo médico al que le han especialozado en rosados. Él me irá diciendo los bebés rosados que encuentre. 
-¿Y luego? 
-Conseguiré los teléfonos de las familias y les diré que cuando tengan dieciocho vengan aquí.

Charlie sonríe ante la cara de procupación de su novia. 
-No será tan difícil. Ya verás. 
-¿Y si te pasa algo? 
-Tendré cuidado.
-Pero... 
-Tranquila, cariño- susurra él antes de pasar una mano por el estómago de Gwen-. No os pasará nada a ti ni al bebé. 

Gwen sonríe y le da un beso en los labios.
-Prométemelo. 
-Te lo prometo. ¿Has pensado ya un nombre para el bebé? 

Gwen posa su mano en su vientre y lo acaricio como si fuera oro en paño antes de sentarse sobre la arena de la cala. 
-Si es chico quiero que se llame Chalie, como tú.
-¿Y si es chica? 
-Samantha. 
-¿Samantha? 
-Sí. Me gusta mucho el nombre. 
-A mí también. Tienes buen gusto en todo.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

78.

Camino por las calles del pueblo con rapidez. Me encuentro con grupos de personas que se ven obligados a dejarme paso porque como no lo hagan tienen muchas posibilidades de que les tire.

La feria se ha convertido a un lugar agobiante con esa gran cantidad de luces y de sonidos. Las melodías de las atracciones me producen un inmenso nerviosismo que me hace ir más rápido, sin tener en cuenta los niños que corren a mi alrededor en busca de un poco de algodón dulce o de un cucurucho de patatas fritas que sus padres les van a comprar. Algunos de esos padres me miran mal cuando empujo a sus hijos para dejarme via libre.
-¿Se puede saber qué haces?- me grita una madre mientras coge en brazos del suelo a su hija. La he debido de tirar.
-¡Lo siento, voy con prisa!- digo haciéndome hueco ya entre el siguiente grupo.

He llegado hasta el centro de la plaza, donde muchas personas de mi edad se amontonan hasta que empiece el concierto que está programado para hoy.
-¡Lucy!- me grita alguien cuando me veo obligada a parar a tomar aire-. ¿Qué haces aquí?

Me giro y veo a Andy junto a las chicas. Las tres llevan en sus manos unas bolsas. Quizás contengan algunas botellas de alcohol.
-No deberíais beber- digo mirando a todo lo que me rodea-. Esto está plagado de policías.
-¡Que les jodan a los policías!- dice Holly-. ¡Queremos emborracharnos!
-¡Baja la voz, Holly!- la riñe Elizabeth.
-¿A dónde vas?- pregunta Andy.
-Tengo unos asuntos pendientes- digo mientras que empiezo a caminar hacia una de las salidas de las ferias.
-¿Qué ha ocurrido?- pregunta Eli.
-Nada. Estaros tranquilas- susurro y antes de empezar a correr de nuevo añado:-. Quedaros aquí. ¡Ahora vuelvo!

Pero no voy a volver. No hoy.

Cuando salgo por una de las puertas me doy cuenta de que hay mucha gente. Hay muchas caras desconocidas para mí. Supongo que mucha gente habrá venido de pueblos cercanos para pasar la noche. Eso va a hacer más difícil lo que tengo que hacer. Y, como he dicho antes, hay demasiados policías. Espero que la música oculte lo que voy a hacer ahora.

Sigo corriendo hasta el paseo marítimo, donde está la cabina que usé para llamar a las familias de los chicos. Pero no me detengo allí. Sigo corriendo como alma que lleva el diablo. Como si mi vida dependiera de ello. Y de una forma u otra, eso es lo que ocurre.

Llego hasta la arena y sigo corriendo hasta un lugar en el que la gente no me pueda ver, un lugar lleno de plantas y de árboles que me introducen en la oscuridad. Solo tengo como testigo al mar.

Cuando me detengo observo lo que me rodea. Arena, agua salada y árboles llenos de hojas aunque, por la luz de la luna, puedo ver que muchas están a punto de caerse de las ramas. No creo que sea por el otoño -faltan dos meses- sino por el agua salada que absorben las raíces de las plantas.

Estoy sudando. Quizá por la carrera que me he metido entre pecho y espalda desde mi casa hasta aquí. Quizá por la adrenalina que corre por mis venas. Tengo ganas de quitarme la sudadera que me he puesto pero la noto pegada a mi piel. Además tengo frío. Mucho frío. Se necesita sangre fría para hacer lo que estoy haciendo.

La música de las ferias está tan lejos que el sonido de las suaves olas se sobreponen a ella. Y doy otra bocanada de aire. Luego miro al cielo y, tras tragar, formulo una pequeña oración:
-Dios, dame fuerzas.

Unas ramas se rompen a unos metros de mis espaldas y me giro con celeridad para encontrarmele a él.

Está ahí, a unos cinco metros de distancia, con la misma camiseta que usó la misma noche que se fue, con algunas heridas en la cara y en los brazos. Y parece cansado.

Esta vez no es una alucinación. Este no es el Louis imaginario. Puedo escuchar el ruido que hacen sus pisadas. Puedo oír su respiración agitada. Puedo notar mi corazón acelerado, golpeando con fuerza mi pecho.

El Louis imaginario nunca me hizo sentir así.
-Hola- susurra finalmente.

Y, por un instante, bajo la guardia y sonrío como una tonta. Llevaba tanto tiempo sin escuchar su voz...

Pero, tras ese corto segundo, mi espalda vuelve a ponerse recta, mis hombros alineados con mis pies.
-Siento haber venido ahora, Bombón- dice. La luz de la luna se refleja en sus ojos azules-. Llevo durmiendo casi todo el tiempo. Salí de la OMER agotado.

Mis labios tiemblan. Me obligo a no llorar. No quiero lágrimas. Quiero ser fuerte.
-Ha llegado hoy a mi casa la carta que escribiste a mi madre. Y me ha pedido explicaciones. Aunque también me ha dicho que te dé las gracias.

Mis manos no dejan de sudar y me las limpio restregándolas con la tela de mis vaqueros.
-Ha sido horrible, Bombón. No le deseo esta experiencia a nadie. Ha sido horrible. De verdad. He tenido que matar a gente para poder sobrevivir- Louis mira al cielo estrellado y luego vuelve a mirarme-. Pero estabas todo el rato en mi mente, Bombón. No te has alejado de mí en ningún momento. Y creo que eso ha sido lo que me ha salvado.

Su pecho se infla y desinfla como el mío cuando sufría los ataques de ansiedad. Y se muerde el labio con tanta fuerza que lo más probable es que se haga herida.
-Pero no hablemos más de mí. ¿Qué tal tú? ¡Siento si te he preocupado! ¡No me podía levantar de la cama! He estado todos estos día recuperando horas de sueño y fuerzas. ¡Lo siento, de verdad!

Sus ojos azules me miran casi sin parpadear pero han empezado a llorar. Y me temo que yo también. Noto mis mejillas mojadas. Pero no llevo mi mano a mi cara para comprobarlo. Estoy totalmente rígida.
-No llores, Bombón- susurra.

Mueve sus pies para dar un paso, para acercarse a mí, pero yo me alejo. Quiero mantener las distancias.
-¿Lucy?
-No te muevas- digo dejando salir todo el aire de mis pulmones.
-Bombón, de verdad, lo siento...

Vuelve a dar otro paso pero me alejo de nuevo.
-No te acerques a mí.
-¿Bombón?
-No me llames así.
-Pero...

Da otro paso pero esta vez mis brazos son rápidos y, antes de que den otro, sostengo entre mis manos a Rossie, la pistola que me dio Jimmy días atrás.
-¡Estate quieto!- grito.

Louis levanta las manos y se aleja rápidamente.
-¿A qué has venido?- pregunto con un hilo de voz.
-Lucy, baja el arma, por favor.
-¡No!- vuelvo a gritar-. En la OMER hay dos normas, ¿no? La primera es que una persona que sepa de los rosados debe morir. La segunda es que si un antirosado molesta a otro rosado o a un elegido, aunque salga herido o muerto, será siempre culpable.

Louis mantiene sus brazos extendidos hacia arriba y me mira sorprendido.
-Soy la elegida de un rosado- digo entre jadeos-. No tienes que matarme. Y si ahora disparo solo tú serás el responsable de ello.
-Bombón, por favor...
-¡Te he dicho que no me llames así!- aparto una mano de agarre de la pistola y me limpio la cara. Las lágrimas me molestan en la visión-. Ya intentasteis engañar una vez haciéndoos pasar por mi padre. ¡Me disteis ilusiones para luego arrebatármelas e intentar matarme!- vuelvo a sujetar con firmeza la pistola-. Pero no voy a volver a picar. No vais a volver a jugar con mis sentimientos. ¡No después de todos estos meses!

El arma tiembla e intento esforzarme para mantenerla quieta.
-Lucy, no soy un antirosado- susurra él.
-¡No intentes engañarme! Fuisteis primero a por mi hermana. Y me dijeron que seguramente vendríais a por mí. Pero estoy preparada. No os vais a salir con la vuestra.
-Lucy...
-¿Quién me dice a mí que no eres un antirosado que se ha transformado en otra persona para engañarme? ¡Ya lo hicisteis una vez! ¡No volveréis a engañarme!
-Lucy, escúchame...
-¿Puedes acaso demostrarme que estoy equivocada?- pregunto mientras quito el seguro del gatillo.

Louis me mira serio pero su cara parece rendirse.
-Cumple la norma de la OMER- dice-. Soy el único responsable de mi muerte. Dispara.

Mis manos tiemblan más que hace un segundo y veo como el rosado cierra los ojos.

Me acerco unos pasos a él para poder apuntar mejor.

No me tiembla el pulso.

Y disparo.

Con mis manos sigo sujetando la pistola. Mis manos ya no tiemblan. Incluso he dejado de sentir mis latidos durante un tiempo.

Pero mi corazón vuelve a latir cuando veo que el cuerpo no cae a la arena. Sigue ahí, de pie, sin ningún rasguño, como si la bala hubiese traspasado su cuerpo y se hubiese perdido entre la vegetación que hay a las espaldas del chico, como hubiese hecho un rosado con el poder del cambio de fase.

Como si hubiese hecho Louis.

Solo entonces, cuando me doy cuenta, dejo caer a Rossie a la arena y dejo mis brazos caer.

Louis me mira y sonríe tristemente antes de acercarse a mí con rapidez y abrazarme con fuerza.
-Dios, Louis- digo como puedo-. Estás vivo.
-Lo siento, Bombón. Siento no haber venido antes.

Las lágrimas salen con más fuerza de mis ojos antes de corresponder al abrazo del chico.

Louis ha salido de la OMER.

martes, 11 de noviembre de 2014

77.

Kate se ha ido hace un rato a su casa y decide dejarme sola hasta que, al día siguiente, vuelvan Jimmy y Sam con el resto de las cosas de esta de Oxford. Parece ser que dormiré hoy sola. Y eso no me gusta.

Hoy me permitido darme un baño con agua caliente -casi hirviendo- que ha durado cerca de una hora y que me ha dejado la piel irritada por la temperatura del agua aunque eso no me importa.

He descubierto que yo soy la persona de la que va a depender mi estado de ánimo hasta que muera y, como últimamente no me siento acompañada por mi alma, he decidido volver a encontrarla en las pequeñas cosas. Como cuando me dedicaba a buscar conchas entre la arena de la playa, o cuando me ponía a buscar insectos entre las plantas que hay al lado de mi casa.

Me acuerdo de la emoción que sentía de niña cuando encontraba un cien pies paseando entre las hojas caídas. Y de la emoción que me inundaba cuando mi padre, como premio, me ponía sobre sus hombros para sacarme fuera de casa para poder ver juntos las estrellas.
-¡Mira, papá!- decía cuando veía una estrella fugaz.
-¡Pide un deseo, Ranita!
-Mmm... ¡Deseo un poni!- gritaba al cielo, para que el cometa me escuchase, cerrando con fuerza los ojos.

O de la alegría que sentía cuando mi madre llegaba a casa después de toda la tarde trabajando y me ponía a saltar en sillón o sobre las piernas de mi padre para que, cuando ella viniese a saludarme, pudiese llegar sin ninguna dificultad hasta sus brazos que me abrazaban con determinación y me hacían girar.

O de la confusión que me producía que un ratón viniese desde su castillo hasta mi cama para coger un diente de debajo de mi almohada y, dejar a cambio, un par de monedas para que, según mi padre, me comprase gominolas y así se me cayeran más dientes.

El rantocito siempre fue muy listo. Una vez pudo pasar por encima de una trampa que había colocado... ¡Y comerse el queso que había puesto!

O de la diversión que sentía cuando, después del baño, mi padre me cogía en brazos y me acercaba al espejo para que, durante unos minutos, pudiera dibujar con el dedo sobre él gracias al vaho.

Y eso es lo que siento ahora. Una -aunque pequeña- diversión cuando paso el dedo escribiendo sobre el vaho del espejo, dibujando unas pequeñas estrella o algunos símbolos al azar como el de la paz. Incluso escribo mi nombre. Pero cuando el vapor desaparece mi sonrisa se va con él. ¿Cómo era capaz mi padre de que, solo por dibujar en el espejo, me fuera feliz a la cama?

Cierro los ojos durante unos segundos para dar una gran bocanada de aire y así relajarme un poco más.

Luego me seco y me sorprendo poniéndome, junto al pijama, unos viejos zapatos de tacón que pertenecieron a mi madre. Como cuando de pequeña organizaba algún pase de pasarelas que miraban Sam y Jimmy cuando se quedaban conmigo a cuidarme.

Quizá la niñez no se va nunca de tu cuerpo. Quizá te acompañe durante toda tu vida.

A los minutos me doy cuenta de que tengo el viejo estuche de maquillaje que usaba de pequeña en una balda de mi estantería y, tras cogerlo, con la mano izquierda -para hacer aún más divertido lo que pueda salir de mi imaginación-, me maquillo como cuando lo hacía de niña. Al final acabo echa un cristo pero por lo menos soy pequeña otra vez. Como cuando me imaginaba que me iba a casar con un multimillonario, y que tendría muchas casas por el mundo.

Que pena que de pequeña no me diese cuenta de las cosas importantes. De pequeña solo esperaba conocer alguien guapo y con dinero. Y es que cuando era niña no me daba cuenta de lo bonito que era conocer a alguien que con una simple mirada te hiciese dejar de respirar, o que con unas palabras te hiciese llorar.

De pequeña estaba totalmente engañada porque pensaba que el amor era fácil, que encontraría a alguien con quien pasar el resto de mi vida en poco tiempo. Pero pensar eso es un error de principiantes.

Y al rato me encuentro en la cocina, intentando hacer tortitas en forma de corazón. O en forma de estrella. Pero es imposible.

Al rato, cuando estoy comiendo las tortitas con mucho chocolate, el teléfono suena así que bajo el volumen de la televisión y descuelgo.
-¿Si?
-Lucy- dice Sam-, ¿estás mejor?
-Sí- sonrío antes de meterme un trozo de comida en la boca-. Influso ztoy coñiendo.
-¿Qué?
-Incluso estoy comiendo- digo tras tragar.
-Me parece genial. ¿Qué comes?
-Torfifas.
-¡No se habla con la boca llena!
-¡Estoy comiendo tortitas!

Sam se ríe al otro lado del teléfono.
-Oye- dice-, necesito que me hagas un favor.
-Dime.
-¿Puedes mirar si en el cuarto de la lavadora están mis pantalones vaqueros?
-¿Cual de todos?

Me levanto y dejo el plato sobre la mesa del salón.
-Los azules, los que tienen los bolsillos falsos en el culo. Es que no recuerdo si los llevé la semana pasada.
-Sí- digo tras verlos desde la puerta-, están aquí.
-Perfecto. Mírame si están tambien los grises.
-¿Los que tienen unas piedrecitas?
-Esos mismos.
-También están.
-Genial- dice-. Hay muchas cosas que no encontramos y solo estamos a la mitad de la lista.
-Si no encontráis más cosas llamadme y os ayudo.
-Tranquila, lo haremos. Disfruta de las tortitas. ¡Y limpia la cocina luego! 
-Ya está limpia- digo mientras vuelvo al sofá-. Que Jimmy no limpie lo que ensucie no significa que...  
-Vale. Solo quería recordártelo.  
-¡No soy una niña pequeña!- digo sin pensar en las pintas que tengo por el maquillaje que llevo puesto y los tacones.
-Perdóname, cariño.
-Perdonada estás. 
-Adiós. Te llamaré si no encuentro más cosas.  
-Aquí estaré. 

Luego cuelgo y vuelvo a subir el volumen de la televisión para poder escuchar la película que echan en el canal 7. Pero, sin que hayan pasado diez segundos, el teléfono vuelve a sonar. 
-Mira a ver si en mi cuarto están las manoletinas rojas de charol. 

Me levanto y voy al cuarto de mi hermana para abrir su armario.
-Están en una caja de color negro- digo. 
-¡Esa caja es de los botines de cuero!
-Pues los botines de cuero no están aquí.
-Ya. Les tengo puestos. 
-Entonces no te quejes tanto. 
-Solo intento ser organizada. 
-De todas formas no sé que haces buscando las cosas. ¡Coge todo y poned vuestros culos de vuelta! 

Tras despedirme de Sam cuelgo y vuelvo al salón pero no me da tiempo a sentarme en el sofá de nuevo porque el teléfono vuelve a sonar.
-¿Si?- pregunto.
-Mira a ver si hay un paquete de carne picada en el frigorífico.
-¿Para qué quieres...?
-Es para saber si está abierto. Si está abierto ponlo en una sartén. Si está cerrado compramos comida china para mañana. 
-Voy a verlo. 

Entro en la cocina y abro el frigorífico para buscar la carne picada. 
-Sam...
-¿Sí?
-Está abierta pero empieza a tener moho- digo mientras abro la basura y lo tiro.
-Entonces mañana hay para comer comida china. 
-¡Bien!- digo mientras vuelvo al salón. 

Tras colgar no me arriesgo. No me siento, no subo el volumen de la televisión y no me meto ningún trozo de comida en la boca porque conozco a mi hermana como si fuese mi hija y seguro que me llama en menos de treinta segundos.

Y el teléfono suena. 
-¡Samantha Smith!- digo intentando no reírme-. ¡Deberías decirme todo de golpe para poder cenar y ver la televisión a gusto! ¡Hay más gente en el mundo a parte de ti! ¡Deberías tener consideración!
-¿Bombón?

76.

Me despierto en mi cama. Desde hace dos días no paso por la casa de la cala. Y no creo que vuelva más. Zac se ha instalado allí, en la habitación de Harry y por las trades se dedica a entrenar. He podido ver cómo hace uso de su poder creando algunas grietas en rocas con solo un puñetazo, o cómo parte algunos troncos que le costaba horas a Harry quemar por su grosor. Incluso he visto como se mete en el mar y crea unas olas que van desde la orilla hasta mar adentro, justo al contrario a las creadas por los movimientos naturales del mar.

Y no he podido soportar verle defraudado consigo mismo como si la culpa de no tener entrenador, la culpa de que mi padre esté muerto, fuese suya. Porque sé lo que piensa. Es lo mismo que pensaban los chicos. Sin mi padre tienen solo un cinco por ciento de salir de la OMER.

Llevo dos días viendo como el recuerdo de Louis aparece y desaparece, mirándome tras el cristal de la ventana, comiéndose un sandwich inexistente, limpiando de sus zapatillas algunas motas de polvo. Y más de una vez he cerrado los ojos porque no quiero verle. Quiero olvidarme de Louis. Quiero superarlo.

Fui a ver al psicólogo y me dijo que la causa de mis alucinaciones podía ser el uso de los antidepresivos, que suele ser un efecto secundario.

"Podría dejar de tomarlos." susurré.

"Si dejas de tomarlos volverán las crisis, los ataques de ansiedad. Y no creo que sea bueno que dejes de comer." me dice George.

Llevo dos días en los que Sam no me ha dejado en paz porque me ve deprimida.
-¿Qué te ocurre?- pregunta.

La ventana de mi cuarto está abierta haciendo que haga un poco de corriente en la habitación, haciendo que no me mueva para tomar aire puro.
-Estoy preocupada por ti- me dice antes de sentarse junto a mí en la cama.

Trago saliva antes cerrar los ojos para evitar echarme a llorar. Está siendo muy duro.

El colchón se hunde aún más y entonces noto el agarre de mi hermana. Me abraza y me aparta el pelo de la nuca para darme un beso que, por unos momentos, me transmite tranquilidad.
-Puedes hablar conmigo. Soy tu hermana mayor. Te voy a ayudar siempre.

Tomo una gran bocanada de aire. Está siendo más duro de lo que me imaginaba.

Sin decir nada, Sam se mantiene junto a mí durante mucho tiempo, incluso hasta altas horas de la noche. Aunque Jimmy la hubiese necesitado ella no se hubiese movido de mi lado. Y me siento mal porque ya ha rechazado los recuerdos de los rosados por mí. Pero no puedo decírselo.

Al día siguiente, Jimmy y Sam se van a Oxford para empezar a traer las cosas del piso de mi hermana y Kate se queda en casa conmigo. Pero decido vestirme y salir un poco a la calle. Puede que vaya a la feria.

Ella me acompaña hasta el pueblo y se queda junto a mí en todo momento hasta que...
-¿Quieres comer algo?- me pregunta.
-Un perrito caliente- miento.
-Perfecto.

Se levanta del banco en el que estamos sentadas y va a los puestos para ir en busca de mi cena.

La música es alegre y, por un momento decido cerrar los ojos para intentar que esa alegría llegue a mi cuerpo. Pero parece rechazarla sin darla ninguna oportunidad. Las luces parpadean a través de mis párpados, como si hubiese estado mirando directamente al sol, sin ningún tipo de protección, durante un largo periodo de tiempo.
-¿Está ocupado?- pregunta alguien.

Por un momento me tienta la idea de decirle que no pero no creo que pueda soportar ahora un asalto con el doctor Mason así que asiento levemente la cabeza y noto como la madera del banco cruje tras apoyar su cuerpo en ella.
-Te he traído algo de cena- dice mientras que me ofrece un cucurucho lleno de patatas fritas bañadas en salsa de tomate-. Últimamente has perdido peso.
-Gracias- digo con un hilo de voz mientras cojo el cartón que me ofrece.
-Como médico tuyo creo que...
-Usted ya no es mi médico. De hecho fue mi médico dentro del instituto.
-Lo sé, Lucy- dice-. Solo intentaba entablar una conversación contigo.
-Lo siento.

Hace un gesto de perdón y luego mira a su alrededor.
-¿No montas en ninguna atracción?
-No tengo ánimos para eso, Mason.
-Por favor, llámame Mike. Debiste de dejar de tratarme de usted cuando te involucraste en esto.
-Vale.
-No te sientas mal, Lucy- dice-. Ambos sabíamos que...
-Lo sé.

Sonrío tristemente antes de coger una patata y metérmela en la boca.
-Lucy.
-¿Si?
-Intenta volver a tu vida normal. No ahora mismo. En unos días. Quizá un par de semanas. Pero no te hundas. ¿Vale?

Dicho esto, el doctor Mason se levanta del banco y empieza a caminar.
-Mike- le llamo.

Se gira y me mira con detenimiento.
-El otro día te dije unas cosas horribles en la consulta.
-Estás perdonada.

Miro al suelo. Observo como algunos trozos de papel vuelan junto a la brisa.
-¿Por qué?

El doctor se mete las manos en el bolsillo del pantalón y se balancea sobre las puntas de sus pies.
-Bueno, somos humanos. Está en nuestra naturaleza desarrollar sentimientos hacia otros seres. Como el cariño.

Sin añadir nada más se da la vuelta y vuelve junto a una mujer, supongo que su mujer, que mira entretenida el movimiento de una atracción.
-¡Vaya!- dice Kate cuando vuelve del puesto de comida- Parece que ya estás servida- susurra mientras señala las patatas y me pone en mi regazo el perrito caliente envuelto en papel de plata.
-¿Podemos ir a comernos las cosas a casa?- pregunto.
-Claro...- contesta mientras que vuelve a coger mi cena y lo mete en una bolsa de plástico- ¿Ocurre algo?
-Kate, ¿alguna vez volveré a ser feliz?

La rosada me mira sorprendida y, tras ver un instante la feria, contesta.
-Claro que sí. Solo tienes que aprender a ser feliz con la persona adecuada.

Y, cuando llego a casa me encuentro con esa persona adecuada. Lo que yo no sabía era que estaba atrapada en un espejo.

75.

Echo en un buzón la carta que le he escrito a la madre de Louis y luego camino por las calles del pueblo son ninguna gana.

Tengo sueño. No he dormido nada desde hace varios días y los ojos se me cierran.

Camino por la feria viendo como los niños disfrutan de las atracciones y veo como algunos adolescentes crean grupos en una de las plazas para esperar a que un concierto de música empiece.

Veo a algunos compañeros de clase que me llaman para que me junte a ellos. Desde que los chicos desaparecieron están intentando ser considerados pero cuando me giro sin decirles nada puedo notar sus caras de asco.

Nunca dejaré de ser amiga de los raritos.

Al móvil me llegan algunos mensajes de Jimmy y de Sam preguntándome qué quiero para cenar pero les digo que no cuenten conmigo porque no tengo hambre.

Cuando la música de las atracciones se me mete en la cabeza haciendo que me duela me alejo y me meto en un bar vacío. El camarero me mira esperando tomarme nota pero pone mala cara cuando le digo que solo quiero un vaso de agua.

Cuando empiezo a bebérmelo para hacer pasar la cápsula de purpurina por mi garganta veo a través de las cristaleras la figura imaginaria de Louis que me mira con rostro serio desde la otra acera, como si le pareciese mal lo que estoy haciendo.
-Me medico porque estás muerto- susurro para que no me oiga el camarero.

La figura no cambia su cara pero susurra algo que no consigo entender. Pongo cara de confusión y repite las palabras pero no sigo sin escucharle.
-No sé qué dices.

Entonces me dice con la mano que me acerque a él y corro la silla más cerca del cristal pero, aun así, no le entiendo.

Me levanto de la mesa y -tras dejarle una propina al camarero- salgo a la calle pero aún me separa la calzada de Louis.
-Repitemelo- le pido pero, como otras veces, no le oigo.

Entonces empiezo a cruzar la carretera para acercarme más a él porque parece que la imagen de Louis no tiene ninguna intención de hacerlo él pero, cuando estoy a la mitad de la calzada, un coche para a pocos centímetros de mí y una mujer de pelo negro me grita.
-¡Mira antes de cruzar!
-Lo siento- digo.

Cuando alzo de nuevo la mirada Louis ya no está y vuelvo a mi acera porque cruzar la calle ha perdido la importancia si él no está al otro lado esperándome.

Mi cuerpo sin vida sigue paseando por la calle sin que le importe nada porque acabo de comprender una cosa: enamorarme de Louis era como ir corriendo tras un tren. Necesitas alcanzarlo y subirte a él. Necesitas intentarlo. O simplemente correr.

El estar enamorada de un rosado es sufrir porque sabes que tienes un cinco por ciento de posibilidades de volver a verle. Y necesitas ayudarle para aumentar esa estadística. Lo único que haces es alimentar una esperanza que, tan pronto como viene, se va.

Ya entrada la noche llego a la casa de la cala para intentar dormir en el colchón que tantas veces había compartido con Louis pero quedo quieta sin entrar cuando, por una de las ventanas veo que no estoy sola.

Un chico de pelo oscuro mira sorprendido todo el desorden que hay en la cala sin percatarse de mi presencia. Camina por la cocina intentando recoger los vasos y los platos que dejé hace unos días en el suelo e intenta colocar la mesa pero la volqué con tanta fuerza que una de las patas se ha salido y parece que no consigue colocarla.

Hay una mochila en el suelo del porche y la miro con curiosidad.

Entro dando varios pasos con decisión y me planto en la cocina. ¿Quién es este intruso? ¿Qué hace aquí? ¿A caso no sabe que ahora esta casa es mi refugio?
-¿Quién eres?

El chico me mira. La cara me suena de haberla visto alguna vez pero no consigo adivinar donde.
-Voy a repetirlo. ¿Quién eres?

El chico me observa con curiosidad pero no dice nada.
-Esto es una propiedad privada y...
-Me llamo Zac.

Pongo mis manos en la cintura.
-¿Qué haces aquí?
-Me dijeron que viniera aquí.
-¿Quién? ¿Hay más gente?- pregunto mirando por las escaleras-. Tenéis que iros.
-No. Estoy yo solo.
-Lo siento. Es una propiedad privada y...
-Busco a Charlie Smith- susurra.

Contengo la respiración porque ya sé dónde le he visto. Es el chico que el otro día salía de la consulta del doctor Mason.
-¿Eres un rosado?- pregunto.
-Sí.
-Charlie era mi padre. Murió hace siete años. No puede entrenarte- susurro mirando al suelo.

La cara del chico cambia drásticamente y hace añicos los vasos de plástico que tiene entre las manos. Algunos trozos me golpean pero no muy fuerte. Aunque me alejo.
-¿Qué poder...?
-Superfuerza.

Zac se agacha, recoge los trozos más tranquilo y los mete en una bolsa de papel.
-¿Qué ha ocurrido aquí?- pregunta.
-Bueno...- digo antes de tragar saliva.
-¿Los rosados que estaban aquí antes decidieron dar una fiesta? ¿O fue cuando la OMER se los llevó?
-Fui yo.
-¿Por qué...?
-No han salido de la OMER y me dio una crísis.
-¿Cómo lo sabes?
-Bueno, me puse muy nerviosa y se me fue la olla.
-Me refiero a lo de que no han vuelto.

Me agacho y cojo otro vaso para llenarlo de agua. Luego saco una pastilla de purpurina de uno de mis bolsillos y me la trago.
-Les conocía.
-¿Tú también eres rosada? ¿Qué poder tienes?
-No. No soy rosada.
-¿Entonces?
-Les conocí hace unos meses -me termino el agua del vaso y luego se lo tiro a Zac-. He sido su entrenadora. Ya que mi padre no podía decidí que...
-¿Entonces me entrenarás a mí?

Zac está nervioso. Se muerde el labio con impaciencia y luego se agarra de las manos.
-No. Lo siento. No creo que...
-Tienes experiencia. Seguro que...
-Seguro que has oído lo que te he dicho- digo-. He entrenado a cinco chicos. Ninguno a vuelto. Tengo un cero por ciento de éxito.
-Pero...
-Cero posibilidad es menor que tener cinco.

Zac me mira para decir algo pero cierra la boca porque tengo razón.
-¿Cómo te llamas?- cuestiona finalmente.
-¿Es importante?
-Yo te he dicho mi nombre. Creo que sería lo justo.
-Lucy.
-Encantado de conocerte, Lucy- dice antes de coger su mochila y echársela al hombro-. ¿Las habitaciones?
-No puedes quedarte aquí.
-Tengo derecho. Hace dieciocho años llamó tu padre a mi casa diciendo que iba a entrenarme, que tenía una casa en el publo en la que podríamos quedarnos y que...
-Mi padre está muerto- digo entre dientes.

Zac me mira y, tras alisarse la camiseta que lleva puesta, dice algo que me dijo Zayn una vez.
-Ya. Pero mis padres eso no lo saben.

74.

-¿Cómo crees que lo has encajado?- me pregunta George, el psicólogo una vez que me encuentro en su consulta.
-Bien.
-¿Bien?
-Sí.
-¿Crees que es por algo en especial?
-Creo que la purpurina me ha ayudado.
-¿La purpurina?
-Así llamo a los antidepresivos.
-Es normal poner otro nombre a la medicación. Más de una persona siente vergüenza por medicarse.

Suspiro mientras que me froto las manos.
-Me han dicho que intentaste suicidarte.

Bajo la mirada.
-También es normal, Lucy. Cuando alguien sufre un shock de estas dimensiones...
-No quiero hablar del suicidio. No me siento orgullosa de eso.
-Entiendo. ¿De qué quieres hablar?
-Creo que por hoy hemos hablado mucho, George.

El hombre me mira y, tras apuntar algo en su libreta, se quita las gafas y sonríe.
-Está bien. Puedes irte.

Cuando llego a casa, Sam me mira preocupada.
-¿Ha ocurrido algo?- pregunta.
-Solo estoy cansada.
-Últimamente te encuentro...
-Dejala, Sam- dice Jimmy ayudándome-. ¿Por qué no la dejas meterse en la cama?
-No- digo-. Voy a irme a casa de Andy a dormir. Ha organizado una fiesta de pijamas y...
-¡Fantástico!- dice Sam-. ¿Quieres que te acerque?
-Ya la llevo yo, Sam.
-Gracias, Jimmy.

Me meto en mi cuarto y organizo una mochila con mi pijama. La fiesta de Andy va a estar genial. Eso no lo dudo. Pero no voy a ir. Iré a la casa de la cala a pasar allí la noche.

Jimmy me acompaña hasta la mitad de camino y, tras preguntarme si estaré bien, me deja sola.

Cuando llego a la cala, lo único que hago es sentarme en la arena para esperar el nuevo día. La marea está alta y algunas olas rozan mis pies descalzos.

Desde que dejé la botella de los deseos de Louis en sus profundidades noto que el mar me trata con cariño, como si supiese que le he devuelto algo que es suyo.

Sé que es una locura pensar en el mar como un organismo vivo pero así me siento acompañada por las noches. Antes notaba que el mar estaba agitado y no me dejaba dormir. Ahora su ritmo es lento, como si me estuviese cantando una canción de cuna para ayudarme a dormir.

Pero no es por eso por lo que vengo a la cala a pasar la noche.

Cuando me siento en la arena lo que hago es ver las figuras de los chicos entrenando y divirtiéndose en su tiempo libre. Incluso les veo sentados alrededor de una pequeña hoguera poniendo en la lumbre que ha creado Harry con sus manos unas pequeñas nubes de azúcar y tostándolas para luego comérselas con mucho gusto. No les veo hablando así que supongo que Niall está creando una red con todas sus mentes para tener una conversación dentro de sus cabezas pero, a su vez, poder disfrutar del sonido del oleaje.

También veo como Liam pone en platos muchas nubes con mucha rapidez y cómo Louis saca del fuego sin ningún problema las que se les caigan a la arena y como Zayn sacude la arena de las gominolas con su mente para no quemarse.

Pero, cuando giro la cara un momento para mirar el cielo, han desaparecido sin dejar ningún rastro. No quedan ni las ascuas del fuego.

Entonces me tumbo sobre la arena, usando mi mochila como almohada, y empiezo a mirar las estrellas.

"-Vuelve, Louis. Vuelve aquí. Por lo que más quieras.
-¿A qué viene eso? 
-Louis, por favor, vuelve. 
-Volveré.
-¿Lo prometes? 
-Lo prometo."

Prometió que volvería. Hizo una promesa. Y la ha roto. La ha roto sin importarle cómo estaría yo.

¿Por qué no ha vuelto?

Me levanto de la arena y me sacudo para entrar en la casa y no ensuciarla.

Subo la escalera sin importarme el gran desorden que organicé el día que me enteré de lo de los chicos. Quizá debería limpiar. Quizá vengan más chicos. Quizá los entrenamientos de mi padre no habrían terminado con los chicos. ¿Qué voy a hacer si vienen más como ellos? ¿Les ayudaré como hice con ellos?

Agito mi cabeza para espantar ese pensamiento. No es momento para pensar en eso.

Entro en la habitación de Louis y me tumbo en el colchón para intentar descansar aunque no puedo porque, cuando abro los ojos ante mi incapacidad de dormir, veo un recuerdo de Louis de pie observando por pequeña ventana de su cuarto. Los músculos de sus brazos están muy marcados y le veo apoyando los codos en el marco. Me levanto para descubrir que lo que mira el Louis imaginario es lo mismo que miraba el Louis real: una luz anaranjada perdida a varios kilómetros de distancia.
-¿Quieres ir?- pregunto sin saber que iba a obtener una respuesta.

La figura de Louis gira la cabeza y con una simple sonrisa me contesta así que recojo mis cosas y, tras traspasar mi cuerpo como haría el verdadero Louis, le sigo por la casa hasta salir.

La figura de Louis camina por entre los árboles con rapidez y agilidad, saltando de raíz en raíz, de roca en roca, como de un felino se tratase.
-Más despacio- le digo cuando le veo desaparecer tras uno de los troncos-. No quiero perderme.

Pero eso no es lo que ocurre. Lo que realmente me aterra es quedarme sola sin el recuerdo de Louis.

Camino durante un par de horas y freno cuando la figura se detiene. Hemos llegado hasta la misteriosa luz. Pero ya estoy sola cuando me doy cuenta que esa luz no era lo que Louis creía.

No estoy frente a un hotel de montaña llamado "Cupido" o "El sauce ". Estoy frente a una vieja fábrica de cerveza que le quedarán cerca de unos meses para cerrar. No es un bonito lugar para pasar una noche en compañía de tu pareja, salvo que sea un alcohólico.

La figura de Louis no me acompaña en el camino de vuelta y lo entiendo. El verdadera Louis estaría defraudado de ver su pequeño hotel convertido en una vulgar fábrica de bebida. ¿Por qué no lo estaría el Louis imaginario?

Cuando vuelvo a la casa busco en uno de mis bolsillos una de mis pastillas de purpurina y, tras coger un vaso del suelo para acompañarla con agua, subo al cuarto de Louis para tumbarme en el viejo colchón y dormirme pero, como es costumbre desde hace semanas, sigo despierta cuando amanece.

Pero, para mi sorpresa, Louis vuelve y parece que trae un papel consigo.
-¿Qué quieres?- pregunto molesta.

Me mira y deja el papel imaginario sobre otro papel real que hay sobre la mesa. Luego señala un bolígrafo que hay en el suelo.
-¿Quieres que escriba?

Asiente con la cabeza.
-¿El qué?

Intenta decir algo pero no lo consigue. Aunque consigo leer de sus labios la palabra "carta".
-¿Una carta?

Vuelve a asentir.
-¿A quién quieres que le escriba una carta?

Abre la boca de nuevo pero no dice nada. "Mi madre".
-¿Quieres que le escriba una carta a tu madre? ¿Qué quieres que la diga? - cuestiono mientras me agacho para coger el bolígrafo que me ha señalado antes del suelo.

Pero, cuando me pongo recta de nuevo, ya no está.

73.

He pasado la noche en la casa de la cala. Llevo horas sin moverme. Sin dormir. La cama de Louis es el único lugar en el que me apetece estar. Es el único lugar en el que puedo estar.

También he destrozado las habitaciones de los chicos. Las pocas cosas que había están ahora por el suelo. Hay un gran desorden de ropa y de papeles.

También he quitado las sábanas y he lanzado los colchones al suelo. No podía soportar ver los cuartos tal y como estaban cuando ellos aún estaban aquí.

La habitación de Louis no se ha librado tampoco. Tiene el suelo lleno de cajas abiertas.

Me incorporo un poco en el colchón y miro las cuatro paredes con atención. Puede que este cuarto no haya sido solo de Louis. Quizá hayan vivido aquí cerca de una decena de personas anónimas, la mayoría de ellos muertos ahora.

Suspiro y abrazo mis piernas.

Ya no lloro. Hace varias horas en las que mis ojos se secaron. No puedo llorar a este ritmo. Creo que estoy deshidratada.
Tampoco lloro por otra razón: en una parte de mí sabía que los chicos no iban a salir. A lo mejor lo sabía desde el primer momento en el que supe el secreto. A lo mejor lo sabía desde que les vi entrenar. O desde que me levantase en la enfermería del instituto después de sufrir un ataque. O desde que me enamoré de Louis.

Pero, desde que sé que ellos no han vuelto, no me siento viva.

Pero, ¿qué creía? ¿Que todo iba a ser un camino de rosas? No. Es un camino de grandes espinas con las que, a cada paso, te haces más y más daño. Y ya vi el otro día a Jimmy. Aunque consigas salir de ese camino, las espinas te acompañaran hasta el resto de tus días.

Tengo la carta de Louis en la cartera y, a pesar de que sé que debería deshacerme de ella para evitar que esto se convierta en mi camino de espinas , la tendré siempre. Porque, ahora que no me quedan palabras suyas a parte de las escritas, solo me quedan recuerdos. Y sé que es muy poco.

Y sé que puede que haya sido un error pero, en una vida futura, seguro que esto encabezaría mi lista de errores por cometer porque es como si el reloj se hubiera parado, como si la arena me hubiera ahogado. Y aunque sé que debería dar la vuelta al reloj y empezar de nuevo, no quiero porque el tiempo mereció la pena. Sin embargo, una pequeña parte de mí sabe que, en unos días, en uno de esos momentos en los que no queda nada de la purpurina de las pastillas en mi cuerpo, me desesperaré y me volveré loca por la ausencia.

Me levanto del colchón para bajar a por el tabaco y fumarme un cigarro pero, cuando voy a cruzar el umbral de la puerta me percato de una botella de plástico lleno de papeles doblados. La recojo del suelo y la observo. La abro y la vuelco en mi mano para que varios papeles caigan. Desdoblo el primero.

"Cuidar de Lucy."
Desdoblo otro.

"Estar con ella siempre."
Y otro.

"Casarme con ella."

"Invitarla a cenar."

"Pasar el verano con ella."

"Bañarnos juntos en la cala."

Vuelvo a doblarlos y los meto en mi bolsillo. Es la botella que le di a Louis para que escribiese todos los planes que tenía que hacer y los metiese en la botella. Me acuerdo que yo también tenía una pero la olvidé enseguida ya que estaba preocupada en los entrenamientos. Pero me alegro de que Louis se acordase.

Bajo al piso de abajo y me encuentro con una nota sobre mi bolso.

"Vuelve a casa cuando estés lista. Kate".

Al lado hay otra pastilla antidepresiva que me trago sin agua.

Según mis cálculos he pasado cerca de treinta y cuatro horas en la casa yo sola, tumbada en el suelo de madera y pensando.

El mar está tranquilo, como si estuviese triste. Como yo.

Saco de mi bolsillo los papeles.

"Pasar el verano con ella."

"Bañarnos juntos en la cala."

Miro la luna antes de meter los papeles en la botella. Luego cojo algunas piedras y también las meto. Luego meto arena hasta que la botella está completamente llena.

Me levanto y me quito la ropa para tirarla a la arena. Cojo la botella.

¿Por qué no cumplir esos dos deseos de Louis?

Cuando dejo de notar el suelo bajo mis pies, nado hasta unas rocas que hace a unos metros de mí y, tras dar un beso a la botella, me hundo hasta que con mis manos dejo la botella junto a unas rocas en las que unos peces nadan tranquilamente.

Vuelvo a la cala, pero no lo hago sola ya que allí me espera Louis. Me detengo para mirarle, le miro para observar el suave azul de sus ojos, para observar su cuerpo. Él me mira también y ambos sonreímos por unos segundos. Supongo que él por cortería. Yo porque he notado que mi corazón se ha saltado un latido y que vuelve a latir.

Oigo las campanadas de la iglesia del pueblo marcando así la medianoche y diciendo que ya es día veintiuno de junio. Ya es verano. Y el recuerdo de Louis desaparece justo antes de que el mar vuelva a acariciar mis pies.

Louis se ha ido definitivamente de mi vida antes de que se rompiese la primera ola del verano.

72.

Cuando al día siguiente voy al instituto para saber mi nota -a recogerla porque la nota la sé ya- me quedo con las chicas en mi taquilla.
-¿Creéis que habéis aprobado?- pregunta Elizabeth.
-¡Calla!- dice Andy-. Ha estado mi madre dándome el coñazo. No empieces tú también, ¿vale?
-No digas eso, Andy- dice Holly.
-Lo siento- dice-. Mi padre ha llamado esta mañana. Ha conocido a una chica.
-¿Y la madre soltera y tu hermanito?- pregunto.
-¡Lo dejaron hace mucho tiempo!- dice ella-. Ahora está con una chica de diecinueve años. ¡Diecinueve años! ¡Cuando esa chica empezaba a decir sus primeras palabras mi padre estaba en mi parto!
-Date cuenta de lo bueno: podéis hablar de chicos- dice Holly.

Andy pone cara de asco.
-¿Perdona? ¡Oh, sí! Va a ser genial. Le voy a contar mis ligues y ella me va a contar cómo es mi padre en la cama. ¡Genial!

Me río -bendita purpurina doble de esta mañana. Lo necesitaba por culpa de la carta de Louis que leí ayer- y, cuando suena el timbre las chicas y yo nos dirigimos al salón de actos del instituto.

Allí vamos todos los alumnos y nos llaman por orden alfabético. Por suerte esta vez no llamaron a los chicos y lo agradezco muchísimo.

Cuando todo terminó -Kate tenía razón. Tengo un siete con ochenta y tres- salgo del salón de actos.
-Y ahora a Italia- dice Andy con mala cara.
-Bueno, ahora siempre podrás contar con tu nueva hermana mayor...

Holly y Eli se ríen mientras que yo meto en el bolso que he traído todo lo que me queda en la taquilla -que no se cierra. ¡Que novedad!-.
-¡No tiene gracía!
-¡No te enfades!- dice Holly-. ¿Cuándo te vas?
-En dos semanas.
-Bueno, puedes disfrutar de la feria.
-¿Que feria?- pregunto.
-¿No lo sabes?- pregunta Eli- ¡Viene una feria!
-Conciertos, atracciones, puestos de comida...
-No creo que vaya.
-¿Por que?- pregunta Andy fastidiada pero Eli la pone mala cara-. Vale. No te preocupes.

La purpurina ha empezado a volar. ¡Mierda!
-Tengo hambre- digo-. Voy a ir a la cafetería. A lo mejor puedo conseguir algo.
-¿Te acompañamos?- pregunta Eli.
-No hace falta. Esperadme en la puerta.

Empiezo a caminar entre los alumnos del penúltimo curso. Aún tienen clase y están nerviosos.

Cuando llego a la cafetería me dirijo a la mujer que reparte la comida a los alumnos. La sala está llena de chicos. Tendré que buscar un sitio para comer.
-Dos bandejas, por favor- dice Kate.
-¡Que susto, Kate!- digo.
-Lo siento. Tenía algo de hambre y... ¿Qué tal?
-Bien.
-¿Siete ochenta y tres?
-Si lo sabes ¿por qué preguntas?
-Solo quiero asegurarme. ¿Por qué no voy a buscar sitio?-pregunta-. Esto está muy lleno.
-Como quieras. Pero he quedado en la entrada. Comeré rápido.
-¿Las pastillas hacen efecto?- pregunta.
-No el que desearía el doctor Davies pero por lo menos como.
-Genial. Dame tu bolso y voy a buscar sitio.

Le doy el bolso y dos minutos después la veo en un extremo de una mesa.
-¿Qué toca hoy para comer?- pregunta.
-Poca cosa. Me comeré solo la crema de verduras y me voy.

Cuando termino me levanto y me voy.

Yendo a la salida del instituto paso por al lado de la enfermería. No es que el doctor Mason haya sido una gran ayuda en mis últimos meses. No me ha apoyado. Me ha hecho sentir muy mal. No es el tipo de persona que alguien desearía tener como amigo. Pero me siento obligada a darle las gracias ahora ya que seguramente no le volveré a ver más ya que no creo que vuelva a pisar el instituto. Me ayudó mucho cuando me intentaron matar. Quieras o no es importante.

Llamo a la puerta y, tras unos instantes, un chico de pelo castaño sale de la consulta pero le ignoro. Solo quiero entrar, darle las gracias a Mason e irme cuanto antes.

-Buenos días, Mason- digo.
-¿Vienes amargada otra vez?
-Muchas gracias por llamarme amargada- digo sarcástica.
-¿Qué quieres?
-Darte las gracias.
-¿Y eso?
-A pesar de ser una persona no muy agradable quería darte las gracias como paciente que fui tuya durante las vacaciones de Semana Santa.
-¿Vas a darme las gracias por hacer mi trabajo?- pregunta mientras guarda un informe en una carpeta y lo mete deja sobre la mesa.
-Nunca está de más.
-Genial. Ya puedes irte.
-¿Te he dicho que eres desagradable?
-No. Tus palabras textuales han sido "persona no muy agradable".
-Solo era por dejarlo claro.

Oigo un gran barullo fuera, en los pasillos.
-Me tengo que ir, Mason.
-Adiós.

Salgo de la consulta y me encuentro con mucha gente que está en el pasillo haciendo bulto. Intento salir de allí.
-¿Qué?- dice una voz femenina-. ¡Que tontería!
-Fuimos a hacer la selectividad a Londres. ¡No desaparecimos!- dice otra voz.

La gente me impide avanzar. Voy a tardar un buen rato en salir del gentío.
-Pero...
-No hagáis caso de los rumores- dice otra vez una de las chicas.

Las voces son muy familiares, como si no las hubiera escuchado en varias semanas.

Cuando por fín salgo del bollo oigo como hablan un par de chicos.
-Pues sí- dice uno-. Han vuelto. No debieron de desaparecer como los esclavos. Dicen que fueron a hacer la selectividad a la capital.
-¿De quien habíais?- pregunta un tercero.
-De las mellizas de último curso, Leah y Charlotte.

Mi pulso ha aumentado tras oír esas palabras y, tras dejar de respirar, giro mi cabeza. Allí, a tan solo unos metros de distancia, están las mellizas. Ellas me ven y me saludan felizmente. Pero yo no las devuelvo el saludo. En vez de eso salgo corriendo hacia el salón de actos del instituto donde puede que siga habiendo algún alumno esperando o hablando con profesores. He visto a más de uno que no se ha presentado a la selectividad y que andaba por allí. Las mellizas están en el instituto. Los chicos también deben de estar.

La OMER ha terminado.

Cuando llego al salón de actos allí solo hay un par de profesores hablando entre ellos y, sin dejar de hacer ruido con mis pasos, reviso la sala de arriba abajo.
-¿Lucy, qué haces?

Salgo sin contestar. Deben de estar en la clase. Pero allí interrumpo una clase de primer curso.
-¡Eh!- chilla el profesor cuando entro en el aula sin pedir permiso.
-¡Lo siento!- digo.

Luego voy al gimnasio con rapidez pero allí también están dando clase. Entonces voy a la cafetería pero está completamente vacía.

Tienen que estar en la casa de la cala.
-¡Lucy!- grita Kate que corre hacia mí cuando voy a salir del instituto por la puerta principal.
-¡Ahora no puedo, Kate!- digo-. ¡Tengo que encontrarles!
-¡Pero...! ¡Lucy!

Empiezo a correr por el pueblo y llego al bosque. Allí no bajo mi ritmo. Tengo el corazón desbocado. Tengo una sonrisa en la cara.

La OMER ha terminado.

Cuando llego a la cala me tropiezo con una de las raíces de un árbol que marca el límite entre la playa y el bosque pero me levanto con rapidez y, cuando llego, salto las escaleras del porche y abro la puerta.
-¡Chicos!- grito mientras tiro el bolso al suelo.

Subo las escaleras de dos en dos y voy entrando en las distintas habitaciones mientras que no paro de saltar.

La OMER ha terminado.
-¡Louis!- grito emocionada.

Las habitaciones siguen tal y como las deje hace unos días cuando fui a por los teléfonos de las familias de los chicos. ¡Dios! ¡Tendré que llamarles de nuevo!
-¡Liam!- grito cuando reviso de nuevo las habitaciones.

Bajo las escaleras otra vez de dos en dos -por poco me tropiezo con el bolso cuando iba a ir a la cocina- y vuelvo a gritar.
-¡Harry!

La cocina está intacta desde la última vez que estuve así que voy al último sitio de la casa: la bodega. En invierno encendían allí el fuego. Quizá tengan frío. O hambre. Quizá están haciendo allí la comida.
-¡Niall!- grito antes de bajar las escaleras de la bodega-. ¡Zayn!

La OMER ha terminado.
-¡Chicos, salid!- grito nerviosa.

Subo las escaleras para llegar al salón.
-¿Louis? ¿Niall?

Esta vez subo las escaleras de uno en uno y con impotencia.
-¿Zayn? ¿Liam?- grito de nuevo-. ¿Harry?

Lo único que oigo es el mar agitado.

La OMER ha terminado.

¿Por qué no están los chicos?

La fría realidad me golpea en la cara.

La OMER ha terminado. Y aquí no están los chicos porque no han sobrevivido.

Tomo aire mientras que intento hacerme a la idea de lo que ocurre.

La OMER ha terminado. Y aquí no están los chicos porque no han sobrevivido.

No han sobrevivido. No les voy a volver a ver. No sabré nunca más de ellos. No oiré sus voces de nuevo.

No volveré a ver a Louis. No volveré a abrazarle. No volveré a besarle. Louis ha muerto.

De pronto la mesa del salón está tumbada en el suelo. Las sillas son lanzadas por mí hasta el suelo.

La OMER ha terminado y los chicos están muertos.

Más de una silla se ha roto por el impacto contra el suelo. Luego voy a la cocina donde abro los armarios y cojo los pocos vasos de plástico que hay y los estampo contra el suelo. Después van los platos. Abro el frigorífico y tiro la poca comida que queda en mal estado. También tiro cosas sobre la mesa y luego, de un golpe, la tumbo contra el suelo haciendo un gran sonido.

La OMER ha terminado y los chicos están muertos.

Voy corriendo hasta mi bolso porque solo veo una solución a todo esto. Si los chicos han muerto, tengo que morir yo también.

Cojo el bolso y lo vuelco haciendo que los papeles que he recogido de la taquilla se desparramen por el suelo. Me da igual el desorden. Solo quiero morir.

Busco entre los papeles mis pastillas antidepresivas pero, cuando encuentro el bote le doy la vuelta para que las cápsulas caigan en mi mano pero solo cae una única pastilla.
-¡No!- grito antes de tirarla.

Me levanto y busco el cajón de los cubiertos para coger un cuchillo con el que abrirme las venas pero ahí no encuentro nada. Solo hay una nota.

"Lo siento, Kate".

-¡No!- grito antes de tirarme al suelo en busca de algo cortante pero no encuentro nada.

Entonces me tumbo en el suelo entre todo lo que he tirado al suelo y empiezo a llorar antes de buscar por el suelo mi única pastilla antidepresiva. No es suficiente pero es lo mejor que tengo.

La OMER ha terminado y los chicos están muertos.

¿Por qué no puedo morir yo también?

71.

Me levanto de la cama. Voy a la cocina. Me preparo un vaso de leche con cacao en polvo. Me lo bebo. Me tomo un antidepresivo.

Eso es lo que tengo que hacer cada mañana desde que fui a hablar con el psicólogo George Davies. Me di cuenta de que tengo un problema.

"¿Quieres que te trate con mi telepatía?" me preguntó.

"No."

"¿Quieres que te trate como a un paciente normal?"

"Sí."

"En ese caso tendrás que hacer lo que yo te digas, ¿vale?"

"Vale."

"Puede tardar unas semanas en hacer efecto pero te prometo que te sentirás muchísimo mejor."


Y punto número uno fue intentar devolverme el apetito y el sueño. Y como no puedo por mi depresión me tengo que tomar después de cada comida una pastilla antidepresiva. Estas pastillas lo único que hacen es poner un gran cantidad de purpurina en la mierda de días que tengo ahora. Pero tengo que admitir que la purpurina ayuda mucho.

Pero hay un inconveniente: no alegra mucho mis días. La purpurina parece volar cuando me acuerdo de los chicos, como si ese recuerdo fuese como un golpe de viento.

Hay otro inconveniente: como más, eso sí, pero me deben de dar una energía sobrenatural que hace que salga a correr todos los días cerca de cuatro horas.

Y hay otro inconveniente: no duermo casi nada. Parece ser que las cuatro horas de deporte no hacen que mi energía se agote así que duermo unas tres horas por noche.

¿Conclusión? Al enamorarme mi mundo empezó a girar entorno a él, como si nadie más fuese capaz de darme un poco más de felicidad como él podía hacer. Que me enamorase de él hizo que ahora esté infeliz. El estar unida de la forma en la que estaba, el pasar tiempo junto a ese par de ojos color mar estaba haciendo que construyera mi actual infelicidad.

Debí haber hecho caso al doctor Mason. Debí alejarme de ellos. Debí correr cuando me enteré de ese secreto. Tuve que huir. Aunque eso no pudiese alimentar mi curiosidad porque todo el mundo conoce el dicho de "la curiosidad mató al gato". Pues esta vez el pobre gato acabó muerto, atropellado, decapitado y mutilado. Porque así es como me siento ahora.

En estas dos últimas semanas y media he adelgazado cerca de seis kilos y mis párpados ha abandonado su color habitual para dar lugar a un verde podrido. Me da asco mirarme al espejo desde que me miré en el espejo que me tendió el psicólogo. Cada vez que veo mi reflejo pienso: "¿qué he hecho?". Quizá tendría que echar la culpa a Louis porque su ausencia ha hecho que esté como estoy pero soy incapaz.

A veces pienso que habrá alguien que me comprenda. Alguien que lo haya pasado mal. Pienso en Sam. Pero aparto la idea de la mente. Ella ya no puede ayudarme más.

¿Y habrá alguien que se sienta como yo? Aunque solo sea una pequeña parte.

Pero tampoco hay nadie.
-Te dije que nada de sentimientos- me dice el doctor Mason.
-Y yo te dije que en la naturaleza humana está el de desarrollar sentimientos hacia otras personas.
-¡Mirate, Lucy!- me dice tras examinarme el tobillo. Ya está totalmente curado-. Estás hecha unos zorros. Ni los soldados vuelven de la guerra con un trauma tan grande como el tuyo.
-Es su trabajo. Están preparados para...
-¡Es que ese no era tu trabajo! ¡Y por eso estás como estás!- suspira antes de sentarse en una de las sillas de la consulta-. Supéralo. Se fueron hace veinte días.
-No se fueron. Se los llevaron.

Mason me mira enfadado. Desde luego él no tiene tanta paciencia como el psicólogo George Davies.
-Lo sé. Pero es su deber.
-¿Deben morir?
-Solo el noventa y cinco por ciento.
-¡Oh, perdón!- digo con sarcasmo-. Solo mueren un noventa y cinco por ciento... Lo dices como si fuera una cifra muy baja. ¡Todos van con la mentalidad de que no van a salir vivos!

Sin decir nada me levanto y salgo de la consulta y corro al baño para poder llorar porque ya he sufrido mucho por culpa de la muerte.

A los diez años mis padres fueron asesinados y, aunque a esa edad no pudiese saber muy bien todo lo que conlleva la muerte, pude sentir el dolor de mi hermana al pensar que iba a perder a su hermana pequeña también por no tener la mayoría de edad.

Y ahora pierdo a cinco chicos. Cinco amigos en los que he encontrado un refigio en ellos. Y ellos han encontrado esperanza en mí. También he llegado a encontrar a un hermano en ellos. Y el amor.

A veces pienso que lo mejor es atiborrarme a pastillas para dejar de sufrir por todo. Le haría un favor al mundo. Jimmy y Kate tendrían que dejar de preocuparse por mi. Las chicas dejarían de tener una amiga con tantos problemas. El doctor Mason me dejaría de hablar de mi error al coger cariño a lo que no debo. La OMER habría conseguido matarme después de varios meses... ¡Todo sería ventajas! Pero no puedo hacerlo, no sabiendo que hay un cinco por ciento de volver a ver a Louis, a Zayn, A Harry, a Niall, a Liam...

Por la noche estoy sola en casa cuando vuelvo de correr. Jimmy ha dejado una nota en la nevera diciendo que ha ido a por la cena al restaurante chino del pueblo. Y sonrío. Aún me dura un poco la purpurina de la pastilla de la hora de la comida.

Enciendo la televisión y busco entre los canales pero cuando estoy ya cómoda llaman al teléfono.
-¿Qué nota has sacado en la selectividad?- me pregunta Sam desde el otro lado de la línea.
-Me lo dicen mañana- digo acordándome de la predicción de Kate de un siete ochenta y tres.
-Espero que hayas aprobado.
-Yo también.
-¿Has pensado ya en que carrera quieres hacer?
-Creo que haré Publicidad.
-¡Que bien! ¿Sabes dónde?
-Cuando me digan la nota empezaré a pensarlo, ¿vale?

Oigo como Sam hace algunas cosas.
-¿Qué haces?
-La cena. ¿Está Jimmy?
-Pensaba que me llamabas para preguntarme por mi nota.
-Lucy, mi vida está ahora dividida entre la universidad y mi familia. Jimmy forma parte de la familia.
-¿Y yo?
-¡No seas tonta!

La puerta de casa se abre y Jimmy entra con la cena.
-¿Me lo pasas?
-Sí. Acaba de llegar con nuestra comida.

Le hago un gesto a Jimmy y le paso el teléfono. Luego me voy del salón. No aguanto ninguna muestra de cariño -ni si quiera por via telefónica- a varios kilómetros a la redonda. Solo tengo que entretenerme cuando esto pasa. A veces me centro en la televisión, otras veces en dormir -si puedo-. Pero esta vez siente un malestar en mi estómago. Sam ha hecho que la familia aumentase con Jimmy. Y yo no sé si lo podré hacer con Louis.

Me encierro en mi cuarto y busco algo que me llame la atención. Algo de colores vivos. Un amarillo chillón, un fucsia fuerte. Algo que me haga daño a los ojos antes de escuchar las palabras cariñosas que están teniendo lugar en el salón.

Necesito algo que mantenga también mi mente ocupada: leer.

Cuando me acerco a mi estantería desecho sin pensarlo en los libros de amor. También en los de amistad.
-¡Ajá!- digo mientras saco mi libro favorito de misterio: "El jardín encantado"-. Aquí estás.

Sonrío -otra vez gracias a la purpurina me ofrecen los antidepresivos- y me tumbo en la cama hasta que se la hora de cenar. Pero cuando abro el libro un sobre cae hasta las sábanas y de ahí al suelo. Con curiosidad lo cojo y lo examino.

Es un sobre de color amarillo pálido, de los que se pegan con saliva. Tiene una palabra escrita en la zona en la que tendría que estar escrito el destinatario.

"Bombón."

Abro la carta con ansia y nerviosismo. Mis manos tiemblan mientras que saco la carta del sobre.

¿De cuándo es esto? ¿Desde cuándo la carta estaba ahí? ¿Cuándo puso Louis la carta en el libro?

Empiezo a leer la carta con mucha atención.

   "Querida Lucy:
Si lees esto significa que ya me han llevado a la OMER. Por favor, no llores por mí. Estaré bien. Pero tienes que leer esto para que sepas todos esos secretos que te he escondido.

   Te vi por primera vez en enero del año pasado. Era nuevo en el instituto junto a Zayn y me empezaste a gustar desde aquel momento que entraste en clase con ese pelo castaño largo. Me acuerdo perfectamente de aquel día. Ibas con unos pantalones vaqueros y con una sudadera gris de Oxford. Ibas también con unas botas marrones que te llegaban hasta los gemelos. Yo iba con el mismo estilo de ropa pero con la diferencia de que yo llevaba deportivas. Pensé que era obra del destino, que debía hablar contigo, que estábamos hechos el uno para el otro. Pero eso era solo ese día. Tú fuiste cambiando de ropa, ropa que, algunas veces, no me llegó a gustar pero me daba igual: estábamos hechos el uno para el otro.

   Sin hablar contigo ni una palabra sabía como eras. Eras tímida pero muy confiada con tus amigas. Eras alegre pero podías cambiar de humor de un momento a otro y enfadarte. Me di cuenta de que si había algo que no entendías o que querías saber no parabas hasta descubrirlo. No te interesaba mucho tu imagen pero si tu familia y amigas. Te gustaba la fiesta y solías beber. A veces te seguía por el pueblo y te miraba. Una vez te salvé de un atropello. Otro día te vi hablando con un camarero de un bar y te dije que era un rosado, que no te acercases a él. ¿La verdad? No tengo ni idea si lo era o no pero no podía soportar verte hablando con otro. Pero había algo más que me dolía: ser invisible para la persona que iluminaba mis días.


   Cuando nos enteramos de que Charlie era tu padre tuve esperanzas de poder hablar contigo. Ya sabes, darte el pésame aunque hubiesen pasado ya siete años de su muerte. Y deseé haber estado en aquel momento tan doloroso, haber estado aquellas noches en vela junto a ti aunque tú tuvieses diez años y yo doce. Me daba igual. Lo hubiese deseado. 


   Al enterarme de que eras hija de un rosado, pensé en hablarte y contarte mi secreto pero Zayn me lo impidió. "No lo hagas" me decía, "si se entera la OMER la matará". Desde aquel entonces intenté dejar de mirarte, intenté que mis sentimientos no fueran creciendo, intenté alejarte de mí... Aunque eso me partiese el corazón. No podía permitir que una persona tan importante para mí muriese por mi culpa. Intenté conocer a más chicas, de verdad, ¡lo hice! Pero me di cuenta de que estaba gastando mi tiempo en algo que no me interesaba nada. Ellas no se parecían en nada a ti.


   Pero empezaste a ver nuestros movimientos, empezaste a sospechar y lo descubriste. Yo intenté meterte miedo, ¡di un puñetazo a tu taquilla para que me tuvieses asco! Pero seguiste mirándonos. Y eso, aunque no debería, me daba la vida.


   Cuando nos propusiste ser nuestra entrenadora Niall intentó que mis sentimientos hacía ti fuesen distintos. Se metió en mi mente para invertirlos. No pudo. Nadie puede luchar contra el amor. ¡Por Dios! ¡Que cursi ha quedado eso! No me lo tengas en cuenta, por favor.


   Intenté llevarme mal contigo. Intenté hacerte daño recordándote que tus padres estaban muertos. Intenté hacerte sentir mal, me hice el indiferente mientras que, por cada frase que salía de mi boca, mi corazón se partía. De nada servía porque cada vez que me quedaba solo en mi cuarto lo reconstruía para dartele, Bombón.


   Harry, aunque no haya tenido ninguna experiencia amorosa con mujeres, parecía tener las ideas perfectas para hablarte. Me dijo que hablara con Niall para que me pudiera meter en tus sueños y así hablar en tu mente. Lo hizo una vez y parecía que estaba todo arreglado ya que me declaré, pensé que me ibas a corresponder, pero al día siguiente me sentía tan mal porque me habías rechazado que hacía que nada había pasado. Incluso me cabreé y dí un puñetazo a la puerta del baño haciendo que todo el mundo se asustase. Liam, al enterarse, me dio veinte collejas. Me merecía cada una de esas collejas y muchas más. Muchísimas más.


   Hay un momento que me ha marcado: verte en el suelo del bosque desangrándote cuando un agente de la OMER intentó matarte. Liam fue corriendo a casa del doctor Mason para pedir ayuda, Zayn intentó moverte sin hacerte daño, Niall se metió en tu mente para obligarte a seguir respirando, Harry hizo una hoguera junto a ti para que el frío no llegase a tus huesos. Yo simplemente me senté en el suelo junto a ti llorando porque pensaba que te perdía. Desde aquel momento sé que te amaba. Dejé de pensar que mis sentimientos hacia ti eran cosas de adolescentes en busca de un amor fugaz. Desde aquel momento supe que estaba enamorado de ti y no podía dejar que te fueses de este mundo sin saberlo. 


   No sé si esto lo sabes, creo que no, que el doctor lo mantiene aún en secreto pero fuimos con tu cuerpo casi muerto hasta el instituto para tumbarte en una camilla de la enfermería. No fue una tarea fácil pero era eso o dejarte ahí muerta y eso podía hacerlo. Necesitaba ver tus ojos de nuevo. Esto tampoco lo sabes. Le pedí al doctor que no te lo dijera nunca pero perdiste mucha sangre y necesitabas unas transfusión. Yo era el único con una sangre compatible con la tuya y no lo dude. Hubiese dado toda mi sangre para ti. Te di el regalo de la vida y por eso estuve durante unos días débil. Fue muy complicado pero conseguimos meterte mi sangre rosa en tu cuerpo con el instrumental de la enfermería y estuvimos allí todo el fin de semana. Íbamos a hacer turnos para estar contigo, como siempre, pero yo me quedé todo el rato contigo. Quería saber que estabas bien. Lo necesitaba. Cuando despertaste y estuve seguro de que no necesitabas nada, que estaba todo perfecto, te dejé con los chicos y me fui a buscar el agente de la OMER que casi te asesina para matarlo a golpes pero no lo encontré, Bombón. Tuvo mucha suerte...


   Me acuerdo de aquel plan para que pudiéramos pasar la noche en tu casa los días que Samantha estuviera en el pueblo: fingir que tenías novio. Desde el momento que lo dijiste supe que tenía muchas oportunidades de ser yo el afortunado. Harry no podía ser por el tema de que empezaba a controlar sus poderes. Niall tampoco. No ibas a aguantar a alguien durante todo un fin de semana que pudiera estar en tu mente todo ese tiempo. Estaba entre Zayn, Liam y yo. Samantha sabía que yo había estado en tu casa y tus amigas pensaban que tú me gustabas -pensaba que se me daba mejor disimular- así que iba a ser yo. Yo iba a ser aquel a que presentases como tu novio a tu hermana. Elegiste a Liam en un principio. No te culpo. Él es mejor persona pero sabía que ibas a cambiar de idea cuando tus amigas dijesen que con quien estabas saliendo era yo. 


   Finjíamos besos, abrazos, caricias cuando estábamos con gente. Bueno, yo no finjía, yo ya era tuyo pero yo no podía seguir así. Necesitaba contarte sobre mis sentimientos. Y lo hice. Esperé el momento adecuado, esperé a que tu humor fuese bueno, esperé a que me sonrieras de una forma sincera y, cuando lo hiciste, te besé. Desde entonces nuestra relación cambió para bien y eso me hace completamente feliz.


   ¿Te acuerdas de todas aquellas veces que me decías: "Duerme un poco. Yo te despierto si ocurre algo"? Te abrazaba con la excusa de trasmitirte mis poderes y cerraba los ojos para imaginarme cómo sería mi vida contigo. No me dormí en ningún momento pero olía tu piel, tu pelo... De vez en cuando también abría un poco los ojos para poder ver tu perfil aunque eso no servía de nada porque cada vez que cerraba los ojos te veía a ti.


   Aquel día que nos sentamos juntos en aquella roca del bosque mientras nos agarrábamos de la mano fue, sin duda, el mejor día de mi vida. No puedo comparar la felicidad que sentía con ninguna otra cosa material o inmaterial. Pensé: "¿Qué podré hacer para volver a sentir esa felicidad?". La única respuesta que obtuve fue por tu parte: "Vuelve, Louis. Vuelve aquí. Por lo que más quieras.". Me prometí que intentaría con todas mis fuerzas volver por ti.


   También recuerdo cuando empezamos a salir de forma oficial. Ambos teníamos miedo de lo que podían decir porque, ya sabes, estabas saliendo con un "esclavo del pirómano". Intentaba mostrar a la gente que nuestro amor no se basaba en el sexo como ellos pensaban e intentaba sorprenderles con nuestros actos. Un beso corto por allí, un abrazo largo por allá... Además intentaba convencer a tus amigas de que era una buena persona para que no te influenciaran y me dejases después de todo el tiempo que había estado tras ti.

    Fue un amor corto. Puede que el más corto pero fue tan corto como dulce. Y fuiste ese caramelo que por tanto tiempo ansié pero que, por más que odie admitirlo, el que menos saboreé. Quisiera permanecer junto a ti durante mucho tiempo, puede que por toda la eternidad pero, en caso de que no pueda ser así y que el destino decida que debo morir, mi amor será para ti durante todo ese tiempo aunque estemos en distintos mundos. Fui tuyo, soy tuyo y seré siempre tuyo, Bombón.

   Mi madre siempre me decía que empezaría a añorar el sol cuando empezase a nevar. Nunca entendí del todo esa frase que usaba continuamente cuando hablábamos por teléfono pero tú me has abierto los ojos y me has dado el significado correcto a esa expresión y quiero decirte que yo, aunque en el momento que estoy escribiendo la carta estoy sentado junto a la cama en la que duermes, ya te echo de menos. Te echo de menos a ti junto a tu cuerpo y alma, junto a tus enfados y sonrisas, junto a tu madurez y tu niñez. Echo de menos ya la forma en la que nos besamos, en la que nos acariciamos, en la que hacemos el amor.


   Bombón, por favor, en caso de que no vuelva a verte, se feliz. Encuentra a alguien que pueda amarte tanto como yo, ten hijos, ten aquella hermosa casa que una vez me describiste. Ojalá pudiera darte lo yo pero, desafortunadamente, solo tenemos un cinco por ciento de posibilidades de volver a vernos. No quiero que esos ojos marrones tan bonitos lloren por culpa de un imbécil que no ha sabido defenderse en la OMER. Aunque prometo que si nos volvemos a ver te daré esos hijos que tanto deseas, esa casa blanca y mucho más. Lo prometo. 


   Te deseo lo mejor en esta vida. Lo mejor en la mía has sido tú.


    Te ama


                                                                                                Louis."

Adiós a la poca purpurina que me quedaba en el cuerpo.